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miércoles, diciembre 01, 2021

Sobre el Cementerio de Camagüey

Si de muertos, velorios, sepultura y cementerio se trata no se puede olvidar las altas y bajas que atravesaron las costumbres funerarias del Camagüey legendario. Basta con mencionar algunos de los sucesos que traspasaron siglos de ocurrencias para convertirse en leyendas principeñas.

Les comento que el cementerio de Camagüey atesora entre sus lápidas, difuntos, restos y paredes hechos insólitos, que denotan numerosas historias que convierten a la Villa de Santa María del Puerto del Príncipe en toda una revelación de lo prohibido y del horror en cantos de tradiciones y poesías.

Hasta el siglo XVIII, los entierros de cadáveres se efectuaban en el interior de las iglesias parroquiales y en lugares aledaños a estas. Como evidencia fehaciente queda el hallazgo del siglo XX que durante la pavimentación de los callejones de La Soledad y Jofre, contiguos a las iglesias de la Soledad y Santa Ana, fueron hallados restos humanos.

A pesar de algunas solicitudes al Cabildo, en 1790, de crear un cementerio, no fue hasta el año1805 que la petición se acoge con algo de «seriedad», pues al entonces alcalde Diego Antonio del Castillo se le atribuyeron todas las facultades para tal labor, sólo que a este no se le dio ni un centavo de presupuesto.

En mil 812 llegó a oídos de todos «la buena nueva» con la donación de mil pesos por el obispo de Santiago, pero indiscutiblemente la suma de 1000 no podía sufragar ni el comienzo, por lo que la vecindad puso su grano de arena, recolectando entre todos 1152 pesos y cinco reales.

Aunque no se realizó un cementerio con todas las de la ley, el primer intento no quedó en papeles y se estableció un cuadrado de 95 varas anexo a la Iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje, que llegó a ser conocido como el Primer Tramo. El tres de mayo de 1814 se inauguró tal aposento con la bendición del sacerdote más antiguo del lugar, Juan Nepomuceno.

Desde el inicio comenzaron los sinsabores para algunos muertitos que desencadenaron las grandes historias del Cementerio camagüeyano.

El reglamento de tal institución no fue acogido por muchos, que prefirieron enterrar a sus seres queridos en lugares tan públicos y transitados como la Plazuela de San José, las sabanas y fincas de recreo en los alrededores de la localidad, o por la falta de dinero, otras familias abandonaban a sus difuntos en la puerta del cementerio o llegaron a tirarlos por encima de la tapia del mismo.

No es casual entonces que posteriormente a las obras de ensanchamientos se colocara un letrero en la segunda puerta de entrada que expresaba: » Señores Respetad este lugar». ¿Cómo si los muertos hablaran o perjudicaran al cementerio?. Raro el caso, pero cierto.

En la historia de la Necrópolis camagüeyana hubo de todo un poquito, por ejemplo: Existió allá en el año 1840 quién no tuvo escrúpulos e hizo estragos a los bellos y bellas durmientes.

Buena dosis de sucesos está a la cuenta del administrador Juan de Dios Machado que ordenaba arrojar los cadáveres de los familiares pobres a la Plaza del Cristo, por no pagar estos los deberes de enterramientos. Además inhumaba los cuerpos sin sus cajas, para venderlas como nuevas a otras familias y lanzaba por las tapias hacia el exterior las ropas de los occisos.

Aunque el célebre Machado, paso una vacaciones encerrado en el Hospital de San Juan de Dios, no es menos ciertos que dio para comentar por un largo tiempo.

En la principeña ciudad fue tradición acompañar al difunto en todo el trayecto a pie y este muy bien dispuesto en los hombros de amigos y familiares hasta su sepultura. Más tarde apareció, por el propio desarrollo, la carroza pero sólo con el objetivo de trasladar a las flores, el cadáver sobre hombros y los acompañantes seguían su recorrido a «¡paticas pá que te quiero!».

En los hábitos de mis antepasados, si de muertos se trata, hay para escribir un periódico completo. Cabe señalar que los faroles, lámparas y cuanto mechón aparecieran eran tomados por los participantes en el funeral para alumbrar a sus féretros.

También resalta la ornamentación floral del funeral y del muerto, pues esta cambiaba según la edad, el sexo, el estado civil y según la relación que tuviera con el que depositara las flores.

Los epitafios no dejan de ser únicos y extremadamentes curiosos en la necrópolis de nuestra villa, existió uno, que al leerlo inversamente o como se desee: de atrás para lante o del medio hacia arriba o hacia bajo, nunca pierde su sentido de expresión o concepto: Aquí yace sumergido/ Por una ley natural / Todo lo que fue mortal/ De don Fernando Garrido.

Estimados lectores aunque parezca increíble en el sagrado lugar existió otro epitafio que traía implícitamente, en su escritura, humor del bueno, –digo del negro.

Aquí le va la historia. El 12 de octubre de 1879, cierra los ojos una distinguida señora, Rosalía Batista, su triste y acongojado marido le dedicó en su lecho del eterno sueño la siguiente grafía:

«Si el ruego de los justos tanto alcanza
ya que ves mi amargura y desconsuelo,
ruega tú porque pronto mi esperanza
se realice de verte allá en el cielo.»

Pero el viudo Agustín Montero más rápido que corriendo, en sólo tres añitos de la dolorosa perdida, no reparó en los deseos carnales y contrajo nuevas nupcias.

Al parecer un chistoso, tal vez un «amigo», conocido o familiar ofendido, bajo la inscripción citó a menos de 24 horas de la boda:

«Rosalía, no me esperes».

Todo indica que la risa y el humor de los principeños no tuvieron banderas ni con los difuntos, e hizo que aquel hecho, insignificante y sin relevancia, pasara a la historia y hoy se cuente en libros como una de las leyendas camagüeyana.

Tomadod de Internet.