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lunes, julio 15, 2024

Madura y crece concurso coreográfico de Camagüey

Si miramos al nacimiento del Concurso de Coreografía e Interpretación de Camagüey, tres años atrás, pondríamos muchísimo más en valor su rescate y desarrollo actual. Es un evento perfectible, pero ha vuelto crecido y maduro.

Recordemos el contexto que favoreció este proyecto de certamen. Estábamos en plena pandemia de COVID-19. Cuba desarrollaba sus vacunas, pero no sabríamos hasta junio datos de la efectividad de Abdala y Soberana 02. Faltaba todavía para la campaña masiva de inmunización.

Pongo en aquella situación porque en abril del 2021, nuestra vida seguía siendo limitada. Salir a la calle era un riesgo enorme porque podíamos enfermar y también morir por las complicaciones asociadas al virus del SARS-CoV-2.

Eso explica el rasgo inicial como concurso virtual, convocado por el Consejo Provincial de las Artes Escénicas y la Cátedra Honorífica Fernando Alonso de la Universidad de las Artes ISA en Camagüey.

Nació abierto a estudiantes y artistas profesionales de la danza de toda Cuba, en los géneros de ballet, danza contemporánea y folclor; y formatos de solos o dúos con piezas de una duración entre los tres y los cinco minutos.

Entonces, el concurso llevaba otro nombre, Habitando espacios, homónimo de la jornada que asumió como teatro las redes sociales para celebrar, como solo se podía hacer entonces, el 29 de abril, Día Internacional de la Danza.

La segunda edición, del día 25 al 28 de este mes, logra un evento presencial, con sesiones de agudo intercambio en torno a los procesos pedagógicos y creativos, y un cierre cada tarde con funciones en el Teatro Principal.

Fernando Alonso in Memoriam ahora se nombra este concurso coreográfico e interpretativo. Desde esa dedicatoria vindica a un maestro de la danza entrañable para Camagüey, ligado al progreso del ballet clásico desde aquí.

Resulta lamentable la poca asistencia a los intercambios teóricos y a las funciones. Debían estar allí personas que tienen la danza como medio de vida, tanto de la escena profesional y/o con influencia en proyectos comunitarios.

Me detengo en ese andar como islas, o como fincas, donde se desmarcan las instituciones y sus segmentos de influencia, cuando deberían confluir con la humildad de público atento. A un mismo escenario suben aficionados y profesionales. A todos beneficia un espectador que sepa apreciar la danza, porque su preparación supone mayor rigor para el artista que se precie a sí mismo como tal.

Quienes faltaron, perdieron la oportunidad de aprender lecciones en la forja de un maestro y de un artista, a través de las anécdotas del historiador Miguel Cabrera relacionadas con primerísimas figuras como Alicia Alonso.

Escuchar a la mexicana Josefina Arellano Chávez abre el horizonte con datos del aporte de los artistas escénicos al producto interno bruto de su país, argumentos para convencer a los decisores de invertir más recursos en la cultura.

Ella quería ser bailarina clásica y no pudo porque costaba. Canalizó esa inquietud desde el baile folclórico. Su historia de vida permite seguir, por contraste, las bondades de la educación artística y del sistema cubano, a pesar de las carencias.

Todavía en el discurso del profesional cubano no es común la intencionalidad de las palabras de Josefina relacionadas con la toma de conciencia acerca de ese derecho humano, y por ende, de velar y exigir al estado por el cumplimiento cabal de su obligación.

Tampoco la actuación académica motiva a señalar la discriminación en la falta de oportunidades para todos, porque de alguna manera todos tienen la oportunidad de aspirar a las captaciones y de estudiar.

El intercambio entre ponentes y participantes motivados a compartir un criterio devino espacio de superación, aunque fugaz, para tomar el pulso a las ocupaciones y preocupaciones de líderes de compañías, maestros y críticos. El asunto conlleva a la propuesta de seminarios menos alejados en el tiempo, a llenar los vacíos en el aprendizaje por materias suprimidas y otras modificaciones en los programas de estudio.

Hay personas con sabiduría cuya experiencia se desaprovecha y aún pueden aportar a la clase, dejar una huella aunque sea con una charla de un rato, como las de este evento.

No fue un objetivo de la edición, pero bien pudiera incluir un taller de coreografía o desmontaje de obras, para tomar de la mano la espontaneidad prendida por el concurso Fernando Alonso in Memoriam. Hubo niños que apenas comienzan a dominar pasos y ya se atreven a dar sentido a los movimientos con el pretexto de un personaje o una sencilla historia.

Recordemos que de un intensivo de talleres de experimentación surgió la generación de coreógrafos, puntal de la permanencia del Ballet de Camagüey, entre ellos, Francisco Lam, Lázaro Martínez y José Antonio Chávez, Premio Nacional de Danza 2023 y presidente del jurado.

El certamen recibió esta vez obras de autores del territorio, en aplastante mayoría representadas por estudiantes de los niveles elementales y medio de la enseñanza, y una representación casi simbólica de tres compañías profesionales: el Ballet de Camagüey, el Folklórico y el Contemporáneo.

Aunque las bases evidencian la participación voluntaria, valdría la pena investigar el por qué no todas las agrupaciones con categoría de profesionales asumieron este reto de probarse delante del filtro de un jurado brillante.

Ojalá se expanda este concurso. Que sea un acicate donde quieran medir sus competencias profesionales artífices e intérpretes más allá de la provincia. Nadie puede negar la vocación cultural de Camagüey por la danza, por el arte de la capacidad del cuerpo humano en movimiento para expresarlo todo.

Por Yanetsy León González/Adelante

Foto: Jorge Luis Sánchez Rivera/Bohemia