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martes, abril 16, 2024

Dulce milagro con Carlos Díaz

Carlos Díaz llenó de aromas el salón. Prendió el palo santo y al rato, más de una vez, provocaría el incienso de hojas de salvia blanca. Con aquel ritual purificador acompasaba los nervios de 19 alumnos de su taller en Camagüey.

“He querido virarles la vida al revés”, dijo risueño en la última de dos sesiones en la Academia de las Artes Vicentina de la Torre, donde irradió su magisterio a través de las notas a cada ejercicio con el poema El dulce milagro, de la uruguaya Juana de Ibarbourou.

El director de Teatro El Público lleva una manilla con el nombre de Federico, imaginamos que ha de ser por Lorca. Precisamente, viajó a la jornada Ciudad Teatral, más que por las funciones de La zapatera prodigiosa en el centro cultural José Luis Tasende, por el espacio con los estudiantes de la “Vicentina”, porque considera urgente la docencia por el presente y el futuro del teatro.

FLASHBACK EMOCIONAL

Mientras Carlos Díaz en aquel salón orientaba el poema de la Ibarbourou con la cadena de acciones trabajada el día anterior, era inevitable recordar pensamientos e imágenes del intercambio en otro espacio de la escuela.

La teatróloga Marilyn Garbey presentó el conversatorio fijado en el programa teórico de Ciudad Teatral, porque el Premio Nacional de Teatro 2015 ha creado una impresionante trayectoria en el teatro cubano, enfatizó ella.

Mas fue el periodista Yuris Nórido, también del colectivo de El Público, quien encauzó el diálogo a partir de los referentes para un Maestro de Juventudes como él, que aprendió de Vicente Revuelta y Berta Martínez, de Teatro Estudio.

Carlos Díaz contó que era de los alumnos del Instituto Superior de Arte (ISA) que iba todos los días al teatro: “Yo veía Galileo Galilei todos los días para ver cómo Vicente no se lavaba la cara y miraba el sol y decía << ¿Cómo está la noche? >> Y otros le decían <<Clara>>”.

La ubicación en Las Tunas para cumplir su servicio social como graduado del ISA lo llevó a otro destino diferente a Teatro Estudio, pero llegó a Roberto Blanco: “Fui el asistente, el asesor, el diseñador de vestuario… Con Roberto lo aprendí todo”. Con él, Carlos Díaz vino a Camagüey por primera vez con La dolorosa historia del amor secreto de Don José Jacinto Milanés, de Abelardo Estorino.

Cuando quiso dirigir, a finales de los ochenta, acudió a Pedro Rentería, responsable del Teatro Nacional de Cuba. La condición fue hacer tres obras en un año. Montó Un tranvía llamado deseo, Zoológico de cristal y Te y simpatía: “Debo ser honesto, aquello me quedó tan bien que creo entré por puerta ancha al teatro cubano y a partir de ahí es Carlos Díaz el de la trilogía”.

La conversación en la Vicentina es llana. Se acompaña al maestro en un rápido viaje en que también aprendió de personas menos encumbradas, de bailarines, de quienes por el camino ayudaron a cuajar su proyecto.

“Empecé a pensar en tener una familia teatral. En el año 1992, Raquel Revuelta firma el contrato de Teatro El Público con muy pocos integrantes: Jorge Perugorría, Carlos Acosta y Mónica Guffanti. Con ellos hice Las criadas, de Jean Genet. El estreno demoró por los apagones del período especial”, recordó.

Con grupo pero sin sede, aprovechó el ISA donde laboraba como profesor. En un aula de Elsinor ensayó La niñita querida, de Virgilio Piñera: “Fue una obra de mucho enganche en la población, tanto que la gente salía hablando como los personajes. Era una época en la que se estudiaba ruso en las casas por radio”.

Carlos Díaz comentó del sueño cumplido de dirigir una ópera y reflexionó acerca de lo pasajero sobre la escena: “Tengo El Público lleno de novísimos que han terminado haciendo un teatro dramático. Ya yo no creo en estar dramatizándolo todo. Creo que hay que ir en línea recta hacia una idea”.

Previamente argumentó:

“Es como decía Lola Flores, todo eso se sucede. <<A mí no hay quien me sustituya>>, decía ella, porque iba a la esencia de la música española. Cuando uno está en el teatro, puede estar haciendo el dramaturgo de moda, el dramaturgo que hable de lo que cuesta la cebolla, de las tiendas MLC… eso un día va a pasar, porque yo viví Camarioca, Mariel, El Maleconazo… Si yo de cada cosa de esas hago una obra, prefiero heredar a Shakespeare y cada vez que tenga que venir ante un grupo como ustedes, ir a Juana de Ibarbourou como lo vamos a hacer hoy”.

También exhortó a leer la obra de Federico García Lorca, homónima del nombre de su grupo. Obra inconclusa, pues le falta un acto. Escrita en Cuba por el dramaturgo que ha sido espejo de muchos tiempos. El público cuenta la historia de un director que ha disfrazado a un joven de mujer para el rol de Julieta, entra la policía al teatro y paran la representación.

“Una obra de Lorca muy cruda. Siempre pensamos en bautizar al grupo como Teatro El Público. En el año ’94, el día del Maleconazo se estrenó Teatro El Público en la sala Hubert de Blanck sin luz, pero con Gabriel García Márquez en la primera fila, con Alfredo Guevara. Aquello fue conmovedor porque la luz venía, se iba, era así como un arbolito de Navidad, pero Lorca estuvo así, de cabo a rabo. He hecho muchas obras de Lorca”, enfatizó y de hecho, La zapatera prodigiosa, ahora en cartelera del Tasende, parte de sus lecturas de Federico.

Desde la otra parte, la de los espectadores, tiene otra certeza: “Es muy difícil hacer teatro sin cautivar a un tipo de público. Eso es lo bueno que tiene el teatro. La gente que va al Trianón sabe lo que va a ver y a quién va a ver. Ahí no entra equivocadamente”.

OTRAS PREGUNTAS

Yuris Nórido preguntó acerca del estilo, ya que se dice de él que como director carnavaliza los textos de sus puestas, que desdramatiza la tragedia aunque también haga obras de minimalismo ejemplar.

Respondió: “Yo no creo en los estilos ni en los géneros en el teatro, claro, sé que los profesores de Historia del Teatro tienen que decir: <<género: comedia>>. El estilo de un creador es lo que tiene en la cabeza y el estilo se va nutriendo de todas las influencias que él va teniendo de su cultura, porque hay gente que se va leyendo todos los últimos libros y los va poniendo en las obras. No siempre eso es el sentido del teatro. Entonces cuando se habla de estilo yo no creo que yo tenga un estilo. Yo hago teatro con el sentimiento que tengo en ese momento y con el de las personas con las que estoy trabajando. Eso para mí es importante y me he detenido en la docencia porque creo que es urgente”.

Carlos Díaz además señaló la falta de crítica: “Me ha molestado mucho en la última época que no se habla de teatro cubano duro, así críticas. Muy poca gente habla. Yo no veo análisis centrado en los espectáculos. Hay como un silencio y un miedo a hablar de las obras que se están poniendo, y siempre se está haciendo teatro, siempre se están diciendo cosas”.

Tampoco podía faltar el consejo a los jóvenes: “En el teatro está todo, lo que ustedes tienen que encontrarlo. Del teatro nunca van a vivir, eh, jamás. Van a tener que invertir con su alma, con todo lo que puedan en el teatro. Llegado un buen día sus vidas cambiarán, trabajarán, tendrán un grupo de teatro, cobrarán una ayuda porque se hizo siempre. Molière le pedía ayudas al rey y tenía una carreta y la empujaba con los actores arriba. Lorca tenía la barraca que era una camioneta, armaba un escenario e iba al campo a ponerles obra a los campesinos. El Escambray no se inventó solamente aquí ni el teatro de relaciones. Eso ha tenido una historia larga y donde quiera que haya alguien que en un patio coja unos títeres o se disfrace de algo o ponga una abuela en una silla y se siente una niña al lado y le diga… ahí se está haciendo teatro”.

El conversatorio en el aula especializada de la academia Vicentina terminaría con una verdad rotunda: “Yo creo que el riesgo está en si lo quieres hacer, hazlo como puedas y muestra tu capacidad y tu impulso y tu fuerza, y hay veces que con todo eso uno logra ponerla donde va. Hay quien tiene todo el dinero del mundo y lo que hace es un bodrio”.

DE VUELTA AL SALÓN

Son 19 alumnos. Carlos Díaz escucha, dirige a cada uno. Le pide atravesar la línea con El dulce milagro. Decirlo frenéticamente porque el poema de la Ibarbourou permite pasar por todos los estados.

“¿Cómo te sentiste?”, pregunta aunque sabe cuándo se conectan. Una chica termina con las manos acalambradas. Pide a otra repetir pero bajito porque el teatro también se hace de soslayo: “Es importante que hagan conciencia de lo que es enfrentarse a un texto como este para que no lo expliquen”.

Como conclusiones recomendó ofrecer el poema en todas partes: en una fiesta, en la guagua, en un coche para aprender a mirarse en rostro del público. Que buscaron el tono, que encontraran otros caminos, que montaran un espectáculo para representar en la escuela.

Deberían proliferar ambientes agradables y naturales, de aprendizajes y beneficios múltiples a la salud de la cultura y de las personas, como los que estimula el admirado Carlos Díaz, quien también aquí afirmó:

“Un riesgo importante es vivir en Cuba hoy, entonces eso me mueve a hacer teatro. Voy todos los días a trabajar (…) Lo difícil es no perderle el amor a lo que uno hace”.

El salón de la Vicentina huele a Carlos Díaz. Aquellos niños en la noche, sentados en la alfombra como primera fila, vieron La zapatera prodigiosa. Obra de amor y locura, metáfora de la terquedad en 30 años de Teatro El Público.

De seguro, los aromas de un incienso natural conectarán a Camagüey con este taller, con el impulso de atreverse a andar con rosas y espinas, aplicable no sólo para los teatristas. Qué dulce milagro, Carlos Díaz.

Por Yanetsy León González/Adelante

Foto: Argel Ernesto Gonzalez