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domingo, septiembre 25, 2022

Ulises Rodríguez Febles, Huevos, Camagüey, Cuba

El dramaturgo Ulises Rodríguez Febles (Cárdenas, 1968) emprendió feliz el viaje desde Matanzas hasta Camagüey para la cuarta puesta de Huevos. A horas del estreno salió al encuentro de la ciudad, a un recorrido invariable. Aquí llega siempre a una vivienda, peculiar en la época por las dos plantas.

Anda con la familia porque considera esencial enseñar la historia a su hija, la historia contada desde el afecto y como experiencia de inmersión a lo profundo del ser cubano. También sus textos para teatro ayudan a interpretar, comprender y transformar conductas. Huevos, por ejemplo, señala fracturas sociales a partir del éxodo de El Mariel en 1980.

Ulises publica en Facebook varias imágenes. Se describe inquieto y a la vez encantado por la belleza de bandera que ondea desde el balcón de la casa natal de Ignacio Agramonte, el héroe epónimo del Camagüey. La bandera cubana para él es la patria grande y la patria chica.

El viento costero de Cárdenas, donde nació, fue el primero que movió la enseña nacional. Ahora, tierra adentro, en una de las más mediterráneas urbes de Cuba, sus colores están en la nueva puesta en escena, su bandera también es Teatro del Viento con el liderazgo de Freddys Núñez Estenoz “un director provocador, un director que ilumina, y es amado por su público”.

Ya sobre el escenario del Teatro Avellaneda, Ulises cuenta acerca del surgimiento de Huevos en el 2003, “en el mismo lugar donde escribo mis obras, entre los anaqueles de la Casa de la Memoria, y navegando por mi memoria y la de esta nación”.

Añade que figura en unas cinco antologías de teatro cubano, y a punto de salir como libro homónimo por Ediciones Matanzas. Ulises es consciente de las resonancias de la obra, desde el principio. Comparte datos del recorrido: leída en público por Argos Teatro, estrenada por Mefisto Teatro en la sala Papalote de Matanzas, representada por Akuara Teatro en Miami, en el 2013; en el repertorio del Conjunto Dramático de Cienfuegos desde el 2017.

El autor sigue la ruta trazada por la crítica, en particular por el teórico español José Luis García Barrientos, a quien atribuye el más completo análisis dramatológico. Lector y testigo del estreno de la primera puesta, escribió que “puede ser entendida, puede conmover, no solo al público cubano, sino a cualquier sociedad en la que irracionalidad humana se desate”.

De las primeras funciones recuerda el estremecimiento de las personas en sus butacas, “en un contagio empático estético y emocional, porque la gente lloraba, la gente agradecía, la gente contaba sus testimonios, de marielitos, de ser testigo de los sucesos de los ’80”. Aquí tampoco sería distinto.

Califica de privilegio estar en la ciudad y de “placer estar con ustedes, el público más maravilloso de la isla, no exagero, imbuido por el viento, que está en todas partes, es un placer haber sido revisitado, releído por Freddys Núñez Estenoz, en la cuarta puesta que se hace de Huevos”.

“El teatro no existe sin ustedes, una sala vacía, no vale. Hay una energía aquí, que debe ser el viento, el torbellino de un viento huracanado, debe ser la criatura de isla, en ese instante, en que se arremolinan todos sus conflictos y es fuego, luz, dolor, amor, decepción, esperanza.

“Gracias a ustedes Teatro del Viento y gracias, público, que es la nación heterogénea, compleja, en que vivimos, la bandera de Cuba, movida por el viento”. Así culminan las palabras a los espectadores. Enseguida la obra. Después, en el tiempo de sosiego, Ulises conversa con Adelante.

─De la lectura dramatizada que presenció en el 2021 al estreno, ¿cuánto cambió la obra? ¿Qué consolidó Teatro del Viento?

─ De la lectura dramatizada a la puesta ocurrieron una serie de procesos, que dinamitaron la estructura original, lo que empezó a producirse desde que Freddys empezó a trabajar en el texto, en el que discutimos varios aspectos dramatúrgicos, como, por ejemplo, convertir en personaje patente a María, la mujer de Eugenio, algo que insinuó la puesta de Akuara Teatro en Miami, pero que aquí adquiere una connotación diferente, adquiere vida, potencia el conflicto, actualiza la historia. Luego de ciertos intercambios de reescritura le ofrecí la confianza para que fuera libre en su dramaturgia espectacular, en la que reorganiza la estructura, reinventa el material dramático, esencialmente con lo musical, y con el tejido del material dramático, fundamentalmente, actualiza el conflicto, los sucesos, la Historia, dialoga con la contemporaneidad. Esos son cambios fundamentales, y es lo que hacen diferente la puesta a las otras tres, muy al estilo, la poética de Teatro del Viento.

─Están los personajes originales pero Freddys sumó otros, ¿piensa usted en la música también como un rol con mayor protagonismo?

─ Hay otros personajes, pero María es la esencial, que adquiere vida, se convierte en una especie de conciencia de Eugenio, es de alguna manera el símbolo de la mujer nuestra, tan maltratada por las circunstancias, y a la vez tan honesta, auténtica, luchadora, voz de la gente, genuina, irreverente, libre, rebelde. Es lo que se experimenta. Eso lo trabajamos desde el principio, y es un aporte esencial de la puesta, que se desarrolló, dinamitando el monólogo de Eugenio. Lo otro es ese coro maravilloso, que Freddys le ha aportado a la puesta, con las mujeres del CAN (Combinado Agrícola Nacional), desfachatado y transgresor, a veces lírico, un poco memoria, conflicto vivo de muchos, una voz coral, en que está lo psicológico, lo épico, la revisión de nuestra historia y de nuestra conciencia, la voz contradictoria de la nación. Es importante decir, con respecto a lo musical, que la puesta de Mefisto Teatro fue un musical, pero esto es otra cosa, es una hermosa recreación del coro griego, auténticamente nacional, renovado, potente.

─Huevos está escrito desde la práctica tradicional. En este caso, Freddys como director entra y sale a la escena. ¿Qué riesgo corre su obra con la desdramatización de la acción dramática?

─ El texto de Huevos, nunca fue tradicional, la estructura fragmentada, por contraste, atravesada por planos espaciales y temporales, con textos, que eran salmos, en que lo épico, lo humano, el juego, con situaciones y contexto de la literatura universal, creaban referentes, signos, simbolismos, es esencia del corpus textual. Y otra cosa, lo importante de lo tipográfico, en su dimensión, para tonos, atmósferas, y otras posibilidades, y los espacios vacíos en el texto, que eran los vacíos de la Historia, los aportes testimoniales de los actores y también del público, que siempre suscita ese encuentro de los espectadores, con acto trágico de nuestra Historia. El teórico español José Luis García Barrientos y el crítico Amado del Pino escribían sobre la emoción formalista de Huevos, lo experimental y lo realista. Creo que la puesta sui generis de Teatro del Viento, completa muchos de esos vacíos de la hoja en blanco en el libro o de las pausas o los largos silencios, para completarlos con los testimonios de los actores, con los traumas de la gente, y en cómo la realidad de los ’80 y los ’90, que es la época en el que transcurre, ahora se dimensiona con el ahora mismo, con las conexiones, las circunstancias, con el abismo, en el que se encuentran los personajes hoy. Eso es hermoso y trágico. Por eso es catártico. El aporte de extrañamiento, la desdramatización, lo que hace es agudizar aún más la tragedia, dialogar con el espectáculo y el público, suscitar la reflexión y la provocación, nos hace hasta dudar de nuestros actos, juzgarlos.

─Hay un momento en que el grupo se niega públicamente a representar algo que usted escribió, el acto de repudio, ¿le ha pasado eso con otras obras? ¿Cómo toma esa postura del Viento?

─ Me parece perfecto, que haya ocurrido, de hecho esa es una de las escenas que más me impactó, entre otras. Es el acto vivo del teatro, pero también un acto humano, social y político, de una connotación fundamental dentro de lo que la obra quiere decir. Es estremecedora esa escena. Es un acto de civismo, ante la irracionalidad del ser humano. En Huevos, los niños son víctimas de la irracionalidad, de lo político. Es lo que ocurre con Oscarito y Margarita. Teatro del Viento potencia esa zona, incide en el cuestionamiento. Es algo que debemos pensar, reflexionar, transformar.

─En sus palabras al público dijo que este acontecimiento camagüeyano va a estremecer Cuba. Ya después de la experiencia del estreno, ¿qué sentimientos le provoca lo vivido en el Teatro Avellaneda?

─ Es un acontecimiento del Camagüey, pero también de Cuba. Ojalá mucha gente pueda ver la obra. Es un acontecimiento por varias razones, uno lo logrado por Teatro del Viento con el público es algo excepcional, un fenómeno social, que demuestra la importancia del teatro y lo que puede lograr, si existe un liderazgo, una estrategia promocional, un diálogo intenso y auténtico con el público. En el caso de Huevos, es un hecho histórico y actual, que siempre produce catarsis. Ver Huevos en las otras puestas me transformó, por lo que pude vivir. En este caso específico, renovado, reinventado, actualizado, irreverente, conmovedor emociona, estremece, y también te hace concientizar muchas zonas de la realidad de esta nación, del dolor, el odio y la necesidad del amor, del perdón, para sanarnos. Huevos habla de lo irracional de las ideologías, agudizadas en circunstancias de conflictos irreconciliables. Nos interroga y nos lleva a los caminos insospechados de lo que hemos hecho y de lo que podemos hacer. Eso fue lo que experimenté al salir de la sala Avellaneda, nombrada como Gertrudis Gómez de Avellaneda, una cubana que por cierto también fue cuestionada políticamente, y tuvo hasta cierto acto de repudio, durante la entrega de la corona de laurel.

Por Yanetsy León González/Adelante

Foto: Alejandro Rodríguez Leiva / Adelante