mayo - agosto 2017

La poesía de las cosas

Existe una poesía esencial, presente en las cosas, que no es laboreo con la palabra y de la que corresponde al poeta dar cuenta… No puedo menos que recordar esas y otras ideas de Eliseo Diego al tener frente a mí estas fotografías de Eduardo Rodríguez, las que nos devuelven imágenes de la realidad difícilmente aprehensibles por el ojo humano. Podría pensarse entonces en la preeminencia de la técnica, perfeccionada extensión del ser humano. Pero no basta con una cámara potente, ni siquiera con el dominio de los recursos del lenguaje. Se necesita, para apresar la cara y envés de las cosas —como aspiraba Diego—, una sensibilidad que sintonice con lo real, cariciosa y detenida, que permita apreciar contornos, claroscuros, detalles nimios, plenos de belleza y armonía; esos detalles en que se nos pierde el objeto mismo, o las relaciones de este con su entorno. Sí, porque solo entonces podemos apreciar que las cosas son en sí mismas un mundo o que pueden, con sus similares, guardar una relación que es puro ritmo, repetición, cualquiera diría que infinita, de contrastes. No hay indicio humano en estas fotos, nada que presagie nuestra presencia, sin embargo, ¡es tan humano el gesto de quien dispuso esos objetos!, ¡tan humano quien las contempla! Y nos es cómodo el mirarlas, pues por una sabiduría ancestral, sentimos placer en aquello que sigue una pauta reconocible y que, al mismo tiempo, nos sorprende con una apariencia nueva. Pero solo ello nos es dable, reitero, si somos conducidos por un artista, suerte de mediador y potenciador, de nuestro contacto con lo real.

María Antonia Borroto


Ejercicios narrativos, de Eduardo Rodríguez Martínez


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