enero - abril 2018

La familia que duele. Conversación con Elaine Vilar Madruga sobre El framboyán de las despedidas.


Por: Milho Montenegro


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Elaine Vilar Madruga

La joven escritora Elaine Vilar Madruga (La Habana, 1989) vuelve a sorprender. Se trata de su nueva novela El framboyán de las despedidas, proyecto de libro que fue financiado por La Real Embajada de Noruega en Cuba. Aunque dirigida al público más joven, la obra ofrece un panorama de personajes, realidades y conflictos que atañen a cualquier lector. La autora ahonda, a través de sus tramas y protagonistas, en una de las problemáticas vigentes en la Cuba de hoy: la familia y la emigración. Los fenómenos —tan complejos y dolorosos— que subyacen tras estos escenarios, son los pilares que sostienen esta historia de rupturas y regresos. Novela de extrema sensibilidad, que puede vivenciarse a través de una niña —personaje principal—, la cual no dejará de asombrar por sus análisis, cuestionamientos y conducta a ratos irreverente, otros perspicaz y tierna.


«En toda mi escritura aparecen fragmentos de la persona que soy y esta novela no es la excepción», así confiesa la creadora de El framboyán de las despedidas, libro de gran acierto, sobre todo por su capacidad de conmover, lograr que podamos reconocernos en sus trances y, lo más importante, de incitar a la reflexión, abordando cuestiones muy difíciles de nuestro contexto.


La Real Embajada de Noruega en Cuba acaba de patrocinar un nuevo libro de tu autoría. ¿Cuéntame cómo nace la idea de esta nueva novela? ¿Qué puede encontrar el público lector entre estas páginas?


Te confieso, Milho, que desde hacía mucho tiempo me interesaba escribir un libro para niños que hablara de uno de los tantos fragmentos de la realidad cubana. Sucede que a veces las ganas están ahí, pero uno pospone la escritura, se concentra en otros proyectos más urgentes temporalmente hablando, y abandona los esbozos de personajes y capítulos en algunas gavetas de la memoria. O encauza la idea hacia otros géneros. En sentido general, algo muy semejante me había sucedido porque Cuba —quiero decir, Cuba como personaje, como esencia, como pilar y sustancia— ya había aparecido en varios de mis libros, fundamentalmente los de teatro (quizás porque la costura de la teatralidad me permitía dar un cuerpo sólido al concepto, o pura manía de dramaturga, ¿cómo saber?, ¿cómo discernir a estas alturas?). No soy de esas autoras que confía demasiado en el reciclaje, en repetir temas una y otra vez, es cierto; sin embargo, Cuba volvió a obsesionarme, a latir, a buscar una brecha de salida en mi escritura y fue entonces que nació El framboyán de las despedidas.


Luego era cuestión solo de organizar el material dramático, de encontrar un acercamiento a esa realidad que te comentaba de la forma más orgánica posible, sin hacer concesiones, sin disfrazar. Porque yo quería, sí, que fuera un libro para niños, pero que los adultos pudieran asomarse a sus páginas y sentir que también les habla a ellos, así que tuve que buscar registros medios, registros comunes en el laberinto de pensamientos y escrituras que siempre existe en la mente de un creador. En realidad, no fue difícil. El texto se orquestó solo. Y se escribió de manera fluida. Creo que deseaba mucho llevarlo a cabo porque, cuando esto me sucede, apenas siento el esfuerzo mental y físico de su concreción, y sí la alegría de la escena finalizada, del ejercicio del oficio, de compartir con algunos lectores los breves fragmentos que quise probar.


Me hablabas de lectores en tu pregunta, Milho. No sé qué podrán ellos encontrar en mi novela. Advierto que yo, como escritora, solo preveo, no predigo. Ahora, ¿qué quisiera que vieran en mi libro?: una historia escrita para todos, para todos los cubanos que se encuentren en las diferentes orillas del mundo. Como verás, el propósito no es que sea precisamente épico, pero para mí está escrito en letras capitales.


Aunque en tu faena escritural abordas géneros como la poesía, el teatro, el trabajo periodístico y la narrativa dirigida a adultos, niños y jóvenes, ¿por qué has apostado otra vez por esta última?


No es cuestión de elegir, simplemente sucede que el libro —la idea— llega con un empaque determinado, con su orfebrería, su dimensión, su arquitectura secreta. No sería válido ampararme en búsquedas genéricas que no correspondan al texto en cuestión: es, y eso lo vale todo. De cualquier manera, escribo más literatura para niños y jóvenes de lo que el público supone. Por lo común, no son libros fáciles, me debato en la búsqueda del lenguaje, de los escenarios, en unir las piezas disueltas del puzzle inicial de la idea. Ahora mismo, al menos tres de mis últimos libros están dirigidos al sector joven de los lectores (aclaro nuevamente, sin excluir a los adultos, ¿por qué habría que hacerlo?, la literatura lo es en toda su excepción de verbo y forma, y no debería ser definida por rangos de edades). No hay apuesta en eso, la verdad, Milho. Para mí ni siquiera es decisión. Por ejemplo, sé que cuando escribo literatura infantil o juvenil suelo divertirme mucho, y reír, hay cierto gozo (luminoso) en el hecho de dibujar las palabras. Creo que la vida de un escritor se remite al hecho de poder caminar en diferentes sendas de escritura con la coherencia necesaria para saber que todos los caminos conducen a un mismo punto, y que se marcha por ellos con un mismo objetivo.


La familia es un referente en casi toda tu obra. En El framboyán de las despedidas este tópico asume un rol fundamental…


Cierto, lo es, tanto en la vida literaria como en la experiencia de la realidad. Como tantos otros jóvenes cubanos, yo, por ejemplo, tengo veintiocho años y aún vivo con mi abuela y mi mamá. Es un proceso que ha atravesado a muchas generaciones nacidas en la Isla y que, por tanto, permite ganancias y desafíos al mismo tiempo. Para mí, en la escritura, el tema del ancestro, de los muertos venerables es esencial (y me refiero no solo al ancestro de sangre, al genético, sino también espiritual). La familia, a mi entender, es una de las columnas vertebrales de mi creación, al menos hasta el día de hoy (quizás existan otros caminos en el futuro, es algo imprevisible). Pero la familia, en El framboyán de las despedidas, viene a ser otra: es el tronco escindido, el núcleo separado por la emigración, es la familia que sostiene sus lazos con tiras de sangre y pellejo. Es la familia que duele. Tenía que ser de esa manera, aunque la esperanza, sí, existe en mi obra, y también el regreso, la infinita posibilidad del regreso. Pero aun así, es un retorno que lleva un costo, una exposición equivalente, una pérdida de las historias, del tiempo a compartir juntos. Y ahí está el dolor. Ahí subyace. Y también una de las tantas esquirlas de una verdad grande como un templo, babélica.


Hay una dedicación especial a tu abuelo al inicio del libro…


Escrituralmente tiene un motivo: el abuelo es la columna que sostiene al texto, es el eje de referencias, es el personaje acompañante (una estructura que, ahora lo medito, ya había empleado en Promesas de la Tierra Rota, mi novela publicada en Cuba primero y en España recientemente; solo que la arquitectura concebida en Promesas… obedecía, sí, a otras leyes de géneros y pensamiento). En mis libros, verás, los abuelos y los niños siempre mantienen relaciones especiales, de complicidad, de secretos compartidos; quizás sean reflejo de mi infancia sustentada por dos abuelos maravillosos. La realidad, la verdad de uno, siempre se cuela en las historias. Y esa realidad, que penetra lo textual siempre, también me movió a escribir sobre mi propio abuelo, a dedicarle el libro. Claro: el tapiz propio de la narrativa de la novela oculta o disimula nuestra propia historia bajo la apariencia de ficción, y es natural, es prudente no hacer una calcomanía de los propios sentimientos, es prudente no calcar la vida. Creo que a mi abuelo, que ya no se encuentra en el reino de este mundo, le habría gustado este libro porque él sentía un amor inconmensurable por Cuba, por su historia, sus dolores y alegrías.


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