El lector de James Joyce

(fragmento de novela)

Fotografías cortesía de Norlys Guerrero Pi

Jueves, 16 de junio, 8:00 am


Hace diez años murió mi padre.

Desde entonces… ¿cuántas veces ha girado la tierra alrededor del sol?

¿Quién recuerda hoy el rostro insignificante y mórbido de mi padre?

Me gratifica su absoluto olvido.

Esa ausencia de remembranzas familiares donde se evoca al occiso, mientras se intenta destacar sus breves hazañas en vida; evitando, a cualquier precio, volver sobre sus abusos e inmundicias.

Hace diez años murió mi padre. Sí. Diez años.

Qué felicidad desde entonces.

Saber que no existe ni la más remota posibilidad de tropezar con su sombra en ningún camino.

Que no escucharé su grito ni su risa alcoholizada en ninguna taberna.

Nada.

Ni una foto en ningún altar.

Solo huesos dispersos en cualquier urna, detrás de cualquier tapia, en cualquier cementerio.

Un manojo de huesos amorfos.

Un bultico silente entre muchos bulticos sin memoria.

Sin trascendencia.

Me place saber que cuando pasen algunos años, mi destino será idéntico.

Que nadie dará alaridos lastimosos sobre mi rostro macilento cuando sea depositado en una triste sala mortuoria —casi escribo aleatoria—.

Sé que nadie dará discursos, ni recordará días de bonanza, ni obras que han sabido “calar” en el imaginario de todo un pueblo.

No dejaré hijos.

Ni esposa.

Ni madre.

Ni certezas.

Solo abruptas manías olvidables a los dieciséis segundos de mi muerte.

Otros necesitan el andamiaje del llanto, el “no te mueras, papá…”

El patetismo innombrable de un testamento.

Soy libre al prescindir de tantas idioteces.

Es increíble verificar la total atadura que busca denodadamente el hombre.

Nace libre y se ata.

Qué decir: Somos el animal más estúpido del universo.

¿Quién puede canjear su libertad por tantas miserias? ¿Por tantos abismos?

Solo un ser muy rudimentario, muy tenebroso: el homo sapiens…

Así somos y así seremos.

Incluso, algunas tesis son aún más indiscretas.

Dentro de cien años, el hombre será más estúpido, más rudimentario, más anencefálico.

Lo anuncian. Lo advierten y nada hacemos, salvo dar palmaditas y correr al comercio más cercano para comprar el último producto demodé.

Ya lo dijo Kafka. Un tipo que indagó como nadie en la estupidez humana: “Todos los portazos son abominables…”

Por suerte mi hermana se ha mudado a Arkansas City.

No sé dónde queda precisamente Arkansas City, pero me basta su lejanía.

Yo sigo en mi insularidad y ella en su continentalidad.

Digo por suerte pues eso ha garantizado que sus llamadas telefónicas se hayan espaciado.

Si antes me llamaba un promedio de cuatro veces por semana, ahora lo hace una o dos veces mensuales y brevemente.

Amo la brevedad: las novelas breves, las conversaciones breves, los días breves, los amigos breves, los gobiernos breves, los breves atardeceres.

No creo que admire otra palabra como la admiro a ella: la palabra BREVE. Sinónimo de efímero y precario.

También me interesan las brevas, la vibraciones y los brebajes, aunque no tanto los bribones.

Me interesan también los objetos despedazados, la maleza —casi escribo melaza— y los años bisiestos.

Disfruto más un veintinueve de febrero que cualquier Navidad.

Quizá por su rareza, porque nos visita cada cuatro años.

Los amigos y los parientes deberían ser como los veintinueve de febrero.

Pero no.

Admiten cualquier fugacidad para aparecer ante tu puerta a invadir tu entorno.

Debería existir una ley que impida las iniciativas ajenas, las decisiones impropias cuando se trata de invadir la privacidad del prójimo.

Firmaría cualquier documento, cualquier plebiscito para apoyar semejante empresa.

Iría a la cárcel a visitar a mi primo por violar la ley.

Ayer, por ejemplo, logré un intervalo de dos horas y media de total soledad.

Largo intervalo.

El más corto fue de trece segundos.

He pensado, en ocasiones, comprar un león, una hiena, un oso gris y amarrarlos al picaporte.

O colocar un póster muy cinematográfico donde un hombre, una mujer, un niño o una oruga, tras tocar desmedidamente la / mi puerta, o incluso al hacerlo con suavidad pasmosa, reciben un disparo en la sien.

Imagino que en el caso de la oruga será más difícil graficar el disparo.

Las palabras no bastan.

No basta el lenguaje. Créanme.

O son analfabetos o una lesión cerebral —¿agrafia— les impide detenerse en el cartel que reza: “¡No moleste! ¡El propietario de esta vivienda no admite visitas! ¡No se atreva a tocar o las consecuencias serán muy graves!”

Ya nadie siente temor.

Intuyo que el socialismo les ha infundado un valor casi heroico, un espíritu guerrero que batalla contra cualquier atisbo de soledad, de enclaustramiento, de personalización del ser humano.

“Vamos, hombre. Venga. Plantee sus quejas, sus necesidades, sus anhelos…”

“Lo siento. No tengo quejas, no tengo necesidades. Mucho menos anhelos. Anhelar algo es como una prisión y no me gustan las prisiones… Además…, estoy leyendo a Joyce.”

Se irritan al escucharme.

No sé por qué. Pero se irritan.