mayo - agosto 2017

La verdadera historia de Archibald Finnegan

Por: Luis David Díaz Cuervo


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La peña de Sofía fue un espacio dedicado a la narrativa que conduje durante algunos años en el proyecto sociocultural eJo. Uno de esos segundos jueves del mes estuvo dedicado a la figura del desaparecido Carlos Victoria y contó con cuatro invitados de lujo: Emilia Sánchez, Luis Díaz, Ramiro Fuentes Álamo, José Rodríguez Lastre y el amigo José Luis Álvarez, recientemente fallecido. Por aquel entonces un trabajo de Carlos Velazco y Elizabeth Mirabal aparecido en la revista Unión nos conmovió a todos con su cálida evocación del narrador, leyéndolo me dije: ¿por qué no reunir a los amigos camagüeyanos de Carlos?, y así nació la idea. Para concretarla tuvimos que superar las inclemencias de un tremendo aguacero, su furia acabó con el entusiasmo de José Rodríguez Lastre quien vio en aquella agua un signo fatídico, una clara señal de que nuestro encuentro no contaba con la aprobación del espíritu de Carlos. Pero la peña se hizo y en mis manos quedaron excelentes trabajos, como este de Luis David Díaz Cuervo que la revista digital La Liga tiene a bien publicar.

Yoan Manuel Pico


A las contingencias (constructivas, crematísticas y meteorológicas) que han rodeado hasta hoy las sucesivas posposiciones de este encuentro quiero sumar otra que a continuación explico.


No creí y sigo sin pretenderlo, que mi participación en esta reunión de amigos, esté al nivel de una conferencia, por eso, ante la propuesta inicial de Yoan Pico, decidí que lo mejor sería escribir unos cuantos párrafos con los que pudiera resumir un pasaje de la vida de Carlos Victoria. Se trata de una anécdota que protagonizó ese amigo talentoso cuya obra y por qué no su vida, hoy nos convoca.


Escribí, pero no tengo conmigo aquellos párrafos, ahora están lejos, están en Madrid, dado que otra casualidad hizo que después de mucho tiempo y largas distancias, un grupo de amigos viejos o de viejos amigos nos reuniéramos. En el encuentro, como en los viejos tiempos, se habló de todo o de casi todo y hubo mención a Carlos Victoria. Comentamos los avatares de la peña que no pudo ser y entonces, a propósito, leí aquel texto que no llegaba a dos cuartillas y que entonces parecía destinado a permanecer entre mis papeles luego de aquel diluvio memorable.


— ¿Tienes copia?—me preguntó el amigo que vive en Madrid.
— Por supuesto—respondí—en la máquina.
— ¿Entonces puedo quedármelos?
— Claro, Felo, quién mejor.


Sumándose a las contingencias que mencioné al principio no sé cómo, ni cuándo, ni por qué, el original de aquél documento que creí asegurado, desapareció del corazón binario de la computadora. De cualquier modo disfruto haber compartido el recuerdo escrito con quienes, directa o tangencialmente fueron copartícipes de la anécdota y su circunstancia.


Y así todo parecía volver a la quietud de la espera cuando de buenas a primeras, hace apenas unas horas, reaparece Yoan Pico, enarbolando una empeñosa tozudez que hay que reconocerle, y una convocatoria más al encuentro y, así, aquí estamos. Por lo pronto trataré de reconstruir, memoria de por medio, aquellos párrafos que, como dije, andan lejos, pero en buenas manos y cálido resguardo.


Eran los tiempos en que por rara conjunción en los pasillos y estudios de la emisora provincial Radio Cadena Agramonte coincidieron algunos jóvenes que integraron, gracias a una de esas químicas que solo la magia puede explicar, un grupo que, y repito lo que otros antes han dicho, llevó a su mejor momento a la radiodifusión camagüeyana. Eran los setenta y buena parte de los ochenta.


Con el empeño del día a día aquel grupo disfrutó el raro compromiso de la amistad más allá de los celos profesionales (que no los hubo), de opiniones o preferencias existenciales. Fue una época ominosa, pero sin dudas feliz. Feliz porque nos dábamos el gustazo, sin costo adicional, o con el menos desembolso posible, de reunirnos casi a diario y hablar sobre planes inmediatos o lejanos, intercambiar lecturas, contrastar opiniones, planear colaboraciones en algún trabajo que tuviésemos en mente, juntar nuestras respectivas familias, (a veces joder juntos a sus espaldas), sin obviar cuanto copetín se pusiera al alcance de nuestra garganta y bolsillo, no importaba si de reconocida bodega o de ignorado alambique. Y así, entre todos nosotros, Carlos, o mejor, nosotros alrededor suyo.


Carlos Victoria no trabajaba en la radio, pero era tanta la asiduidad con el grupo que me atrevo a asegurar que él estaba al tanto de buena parte de lo que hacíamos. En aquellos años, los de la radio nos dedicábamos mayoritariamente a escribir guiones dramatizados, adaptaciones de obras literarias, novelas, novelones, cuentos, teatros y más. En cuanto a programación se refiere, aquel espacio de creación, sin dejar de ser divertido, resultó útil para vestir de largo la emisora de la tierra del Mayor.


A veces trabajábamos, quiero decir, escribíamos por encargo. Entre aquellos encargos me correspondió el de una radionovela de corte histórico que recreara el paso de los primeros colonos norteamericanos que se asentaron en el norte de Camagüey. “Tierra de promisión” la titulé y fue producto de una investigación en los predios donde creció La Gloria City.


Fue divertido conocer gentes, lugares, escuchar relatos y recoger testimonios. Algunos de los integrantes del “piquete” me acompañaban a veces en la aventura. Carlos hubiera querido ir, pero no pudo.


No fueron pocas las familias que abrieron sus puertas y recuerdos. Entre ellas, la que entonces vivía en la casa que perteneciera a William Stokes, el “Último Norteamericano”.


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