enero - abril 2018

Diario de un pobre infeliz (fragmentos)

Por: Miguel Arturo Sarduy


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Un crimen pasional

Un tipo me penetraba con su miembro erecto por detrás. Desperté completamente estresado revisándome el culo para ver si me encontraba algo extraño. Ni un buen cigarro pudo sacarme del shock. La sensación fue tan real como repugnante. Sabes, este tipo de cosas no le suceden todos los días a los heterosexuales. ¿Por qué cojones tenía que pasarme a mí justamente el día escogido para ejecutar mi plan perfecto?, pensaba mientras trataba de esquivar las escenas sexuales gay de mi cabeza. Es ridículo, pero pensar con la facilidad que te vuelves un maricón es sorprendente, sabes, es algo que no tiene vuelta atrás. Te pinchan y lo eres, pinchas y lo eres, y no dejas de serlo hasta que te mueres. No es como una gorra o algo parecido que de pronto la tienes, te gusta y luego ya no, la tiras a un lado y te pones otra. En fin, yo no tengo nada en contra de los mariconcetes, pero no es lo mío y esa pesadilla, tan real, me tenía la cabeza en medio de un puto ataque nuclear.


Solo comencé a calmarme cuando sin motivo alguno vino a mi mente Nietzsche. Extraña evocación, pero trajo al hemisferio izquierdo de mi cerebro ciertos aires de superioridad. Algo positivo para mi ego que desde ese estúpido sueño estaba totalmente destruido. Era verdad que ya Scarlett Johansson me había penetrado, pero no es igual a que te la meta un tipo. Lo primero es sexy y morboso, lo segundo es gay. Es como cuando vez a dos mujeres besándose, nada se compara con tal belleza. Al contrario, dos tipos dándose lengua es repugnante para cualquier heterosexual. Seguí pensando en Nietzsche y en mi peligrosa misión para tratar de olvidar el absurdo sueño —de cualquier forma que lo analicemos, un asesinato bien planeado es de alguna forma un arte, sí, no me juzguen mal, no entra dentro de las siete establecidas pero si lo pensamos bien un artista contemporáneo es lo más parecido a un asesino— reí burlonamente mientras hacía asociaciones fílmicas con algunas películas de Hitchcock. Pues el privilegio de cometer un crimen solo puede otorgársele a un ser superior —algo parecido intentaba explicar Hitler en Mi lucha—, pensé mientras encendía otro cigarro de los buenos. En cambio, una persona ajena a la buena literatura no merece ni que se le llame víctima —seguí procesando— sencillamente es un ser inferior, una cosa insignificante. Amigos, para entender esto hay que estar por encima de los conceptos morales establecidos, el bien y el mal son relativos, o mejor dicho una excusa de los seres inferiores para proteger sus mediocres vidas. A Nietzsche deberíamos repensarlo en nuestro país —me dije mientras me reía a carcajadas debido al efecto de mis buenos cigarros— a lo mejor así no hacía falta la libreta de abastecimiento y encontraríamos comida para todos. Claro que con esto no digo que Hitler fuera un súper hombre visionario, más bien era un pequeño ser de dudosa sexualidad con una apariencia de salvaje paranoico.


Así continué toda la mañana debatiéndome filosóficamente entre la hipocresía y la civilización. Al llegar la noche ya me sentía preparado para ejecutar mi gran obra de arte. Estaba bien arreglado, pues sería algo así como mi primera exposición personal, y estaba muy ansioso por saber cómo reaccionaría el público, es decir, mi custodio orangután. Ya me había manoseado un par de veces y Snoopy estaba listo para dar pelea. Agarré mi media botella de Puerto Príncipe y salí con la noche hacia mi pequeño y antiguo trabajo.


Una vez allí solo tenía un problema: controlar mi lengua, que tras la restauración del diente partido no paraba de jugar con sus filosos bordes. Esta maña es una de esas que se te quedan para toda la vida y que, como toda maña, a la gente común le irrita y molesta. Logré controlar mi lengua por unos instantes y me arrojé al asunto como todo un caballero —mi padre hubiera estado orgulloso de mí— pensé mientras me acercaba. Para mi sorpresa la custodio no estaba. Me pareció extraño por lo que forcé cautelosamente la puerta y entré revisando los alrededores. Subí por las escaleras para llegar a la oficina de las jefas arpías y me detuve ante un extraño sonido. Alguien gemía allí dentro. Nada absurdo analizándose el lugar de los hechos, pero sí muy desconcertante para la hora, pensé mientras me acercaba para observar qué estaba ocurriendo. Fue entonces cuando pisé uno de los cordones de mi zapato y caí de golpe dentro de la oficina. Nada, una de esas cosas que pasan y tú solo las ves en películas. Estaba la gorila en tanga con un látigo en la mano castigando sexualmente el escuálido suricato de su marido, vestido con una ridícula ropa de puta de cabaret, sobre el buró de la directora. Eran una pareja a lo Timón y Pumba versión afro, lejos de la gracia de los animados de Disney; verlos en tal escena era tan asqueroso como la pesadilla homosexual de la mañana.


Ambos voltearon al unísono de mi estruendo contra el suelo. –Pero, ¿quién cojones es este? —aulló el marido— Sí, ¿qué cojones tú haces aquí? —aulló la orangután en tanga. Sin aliento, me levanté listo para defenderme con mi botella de ron. Ni un paso más, le dije a la orangután que se acercaba con el látigo. Nos quedamos mirándonos un buen rato, hasta que Timón rompió el silencio: ¿Te nos sumas o qué? Los miré con ganas de vomitar. Pero el camino del artista está lleno de sinsabores durante la gestación de las primeras obras y yo debía de consumar mi asesinato perfecto así que entré en la contienda. Pumba era demasiado para solo dos hombres, en un principio me alegré de que Timón estuviera allí, porque me hubiera destrozado a mí solito. No cabe duda de que había subvalorado al enemigo, pensaba mientras penetraba el culo grasoso de Pumba, en tanto ella azotaba el culo de Timón y gemíamos como tres recién nacidos probando disímiles poses. En una de esas Timón se me abalanzó para introducir su dedo en mi culo. Lo golpee con tal fuerza que cayó desparramado en un sillón. Mi violenta acción excitó mucho más a Pumba y seguimos singando sobre el cuerpo inconsciente de su marido un buen rato.


Tras el sexo brutal bebimos como locos y compartimos algo de mi polvo de hueso de mono. Lo suficiente como para volar a lo Hakuna Matata. Luego lo volvimos a hacer. Tenía razón Lennon con aquello de hagamos el amor y no la guerra, pensaba mientras eyaculaba en todos los putos sitios de la oficina de la directora. “Leche” se llamaba mi obra de arte y a fin de cuentas esto sí era un verdadero crimen pasional.


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