mayo - agosto 2017

De País de oscuras piedras, de Lionel Valdivia (Camagüey, Editorial Ácana, 2016)

Bastó la vida

Por: Yoan Manuel Pico Olivera


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Como toda poesía, la de Lionel Valdivia se erige a partir de un diálogo con la tradición. En País de oscuras piedras el asunto empieza con el exergo de su primer poema, o si se quiere un poquito antes, con el del libro todo. Manejan ellos las dos grandes maneras en que nos hemos reconocido como nación: una paradisiaca, encarnada en aquella isla de Eliseo “rodeada por Dios en todas partes” y otra infernal, con asiento en la famosa composición piñeriana que también hace suya el autor del volumen. Una persona en su sano juicio jamás apelaría a los textos reseñados. Se necesita valor para adentrarse en sus problemáticas. Afortunadamente Valdivia lo tiene, si ya usted compró el libro lo invito a revisar su foto de contracubierta. En efecto, ese joven de rostro ceñudo y mirada torva encajaría mejor en las filas del Daesh que entre los asistentes a una tertulia literaria.


Por supuesto, ni el más suicida de los corajes te prepara para alternar con la tradición, hace falta sensibilidad, inteligencia y, sobre todas las cosas, tener algo que añadir. Esto último aflora en el primer poema: “Pesa, hombre, pesa la isla…” no es la tiniebla de Virgilio, aunque en mucho se le parezca. Hay allí “una forma misteriosa” y un “cuerpo de gravitación improbable”, sin embargo (y estas son palabras del autor) “el absurdo tiene su precio. Se reconvierte. / Se reafirma. Se reembolsa”. La singular compensación eclosiona al final del poema, con la fe en que un simple acto de valor puede anular “la palidez de la isla”, su “movimiento hacia el invisible”. La esperanza nos coloca ante la magnífica visión de Eliseo, como si también él formara parte del peso de esta ínsula, como si nuestro bardo supiera que desde una sola atalaya no puede contemplar su paisaje.


No será el único texto que nos regale un movimiento oscilatorio, una alternancia de negro y blanco. En “Ir de compras” un sujeto lírico en trance de emigrar ve a su pueblo como el sitio de la blasfemia, un espacio donde “los ajenos” levantan “esa pared que nos hace plantar pequeñas hierbas”. A pesar de todo, se resiste a carecer de futuro y pide a su madre que le hable “luego de la ciudad y si la patria entera, en sus pequeños racimos existe como oferta tentadora”. El diálogo con la tradición también tributa a la conformación del poema, no puede ser de otra forma en un país cuya historia literaria está repleta de personajes que emigran y de pañuelos que se agitan, sobre esa dolorosa zapata escribe Lionel, sin embargo, aquí también tiene algo que añadir.


Descubrirlo implica hacer referencia al singular contexto en que nos encontramos, donde las expresiones “Fulano se va” o “Fulano se quedó” han perdido la carga trágica de los ochenta y de buena parte de los noventa. Dejar la isla es ahora una aventura, o como dice el bardo en una genialidad no exenta de ironía: “ir de compras”. Lo curioso es que esta laxitud (me refiero a la de los fenómenos migratorios) no disminuye la carga dramática del antiquísimo hecho de recoger los bártulos. El que piense lo contrario puede echarle un vistazo a un texto cuyo dolor es el mismo que podemos sentir en algunos poemas cubanos del siglo XIX, incluso habría que ver hasta qué punto la ironía introducida, lejos de atenuar el sufrimiento, lo aumenta hasta límites inimaginables.


Pero la literatura cubana no solo fue pródiga en emigrantes y desterrados. Los proyectos con afanes educativos (Cartas a Elpidio, La Edad de Oro, Ismaelillo) alcanzaron en ella un notable espacio. Lionel Valdivia también transita este sendero, conoce mi amigo los riesgos de semejante aventura y en consecuencia, toma previsiones para evitarlos. Es aquí donde “Mortal Kombat” alcanza su mayor eficacia, el poema hace suya la estructura y los personajes de un videojuego muy popular en los años 90. A partir de aquí nos “invita a vivir en el filo de la cuchilla”, a “sortear el golpe profundo de Jhonny Cage” o “el punzón de un tipo como Scorpion”. El lenguaje es el de la generación a la que se pretende requerir, así, encontramos expresiones que pudieran sonar deleznables como “chúpate esa” y “escúpela de frente”, pero que Lionel utiliza con el deseo de comunicar.


Lógicamente, “Mortal Kombat” no nació de la peregrina idea de imitar una corriente temática de nuestra historia literaria, nació de la experiencia de ser padre y del amor sincero del vate por su hijo. El sentimiento ya había aportado uno de los textos más memorables de Los puertos del silencio, en aquel como en este el progenitor es un ser sin grandes posesiones. Lo único que puede testar es un cúmulo de enseñanzas, allá, “una mano para arrastrar baldes de agua”, aquí, “el juego colosal de la herejía”. Con ambas creaciones Valdivia reafirma su condición de padre afortunado, de esos que, además de querer a sus hijos, saben expresarlo de exquisitas maneras.


A mi juicio, “Mortal Kombat” es una de las mejores ofertas del libro, por su extensión, por la violencia estéticamente disfrutable que lo anima, pareciera desentonar con el resto de la colección. Pero no, todo lo contrario, para valorar en su justa medida el sentido de la audacia que propone, tendremos antes que sufrir con “el egipcio dúctil y eficaz”, con “el soldado de rostro endurecido y puro” o con el hombre que solo tiene “la terquedad de ser el último, el que nunca consigue, / el de las manos más torpes, el inmarcesible en la / búsqueda”. Sobre ese paisaje se levanta esta invitación a la audacia y de ella hay que partir para entenderla. No tiene otra opción el hijo que triunfar, de lo contrario le espera “la vena infértil”, “la fermentación del paso lento”, la “gente con su triste hazaña”


País de oscuras piedras recoge piezas con otras particulares maneras de moldear al ser humano, en “Exilio y alma de las cosas”, por ejemplo, el sujeto lírico no puede responder si “existe el fantasma intenso de otro país” pues viene “a paso corto desde otra vida / en lucha animosa por los muertos / y nadie habló jamás / del miedo, de un pasaporte del miedo”. Otros textos transitan el mismo camino, entre ellos uno en el que el tiempo, “no the weather, a la inglesa”, es enjuiciado “por hacer solo sombra y no trigo o manteca”.


Hay una gran obsesión en el libro que nos ocupa: el país, la palabra está en el título y no por gusto se repite de manera obsesiva en el trascurso del poemario. También esta ha sido una preocupación en nuestra historia literaria, y Lionel lo sabe. Las consecuencias aparecen de manera nítida al cierre del volumen. Allí el poema “Dos patrias” es utilizado para pintar una realidad donde “la puntada de la vida dejó de ser exacta”. La conciencia del autor sobre su complejidad se hace evidente en la única apelación directa al texto martiano: “ya no más clavel y mano silenciosa”. En efecto, a la nueva situación convienen otras imágenes, conviene hablar de la gente “resuelta a no mencionar los nombres, / a no pescar los trozos flotantes de la culpa”. Evidentemente, el talibán de rostro severo no pretende dinamitar el puente de Londres, sino la parte más magra de nuestra realidad. A ella, y solo a ella, van dirigidas las amenazadoras miradas.


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