Poemas

Fotografías cortesía de Norlys Guerrero Pi


Visión. 18x12

Castigo

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo
más fuerte.
de“Los heraldos negros” de César Vallejo

Que alguien me diga que esto es un castigo,
que durará poco.
No permitan que sea el otoño el que me hable,
con su saliva pétrea,
con sus flechas de opaca luz.
Díganme la duración del castigo,
y que el otoño no me lleve el cuerpo
con sus trastes amarillos,
que no desborde mi interior con sus hojas muertas.
Tanta muerte pesa, se manifiesta en una nube fornida,
amenaza con llenar mis rincones
y desplazar el polvo que por tantos años he cuidado.
Alguien diga que este día y el otro y sus rompecabezas
eran el castigo que habían diseñado para mi boca salvaje
y mis lenguas de pez muerto.
Pero que termine ya,
antes que el otoño me fustigue lo que queda
vivo aun de mi ojo
con sus látigos de papel.

Diálogo del hombre infinito

Dijiste que la vida era una herejía.
Lo dijiste a mi oído
para convertirme en podrida carne
que nadie ha de comer.
Susurrabas,
conforme te diluías en el diario trajín,
en las cacerolas vacías,
que vivir no requería esfuerzo alguno.
La llaga con sus bordes simula ser un humo.
Vida de sobra repartías
y a mí me dejabas este desplome,
estos bloques que se me saltaban de las manos.
Dije del mar sus tres nombres,
dije del miedo solo sus iniciales.
Partí.
Repetiste los sonidos de la vida con una flauta más brillante.
Justificaste lo muerto,
el gusano que atravesaba
el hígado enfermo de mi apariencia.
Asesaste su diente parlante, su oxidado filamento
con el que me atraviesas para colgarme de los árboles.
Dije: vivir incluso si me trago la luz,
si me reviento de tanto rayo, si habilidosamente
armo el cofre y ordeno mis huesos.
Te fuiste como el pan o como el estiércol que no resiste
el sol y su llamado.
Yo siempre tuve un sonido triste, de niño infame.
Y tú, dios, por qué te afanas en comentarlo todo,
en explicarlo todo con algoritmos sucios
justo cuando uno está solo o muerto,
o lejos, o en el viento ya.

La repartición de Poe

Aquí todos tienen un cuervo,
no parece algo trascendental.
El mío me lo dieron a la entrada,
es más grueso que el de Poe,
menos fiel y con unos dientes
enormes como la piedra.
Ya nada importa aquí
donde todos tienen un cuervo que los amansa,
que grazna la detención del tiempo.
A uno lo entierran sin huesos,
a uno lo entierran dentro de sus propios ojos.

Mediciones del alma

Y tú me lo dices que estás tan hecha / a este deshabitado ocio de mi carne /
que apenas sí tu sombra se delata, / que apenas sí eres cierta /
en esta oscuridad que la distancia pone / entre tu cuerpo y el mío.
de“La espera de Caballero Bonald”

Mi mujer en un cuadro oscuro.
Mido las distancias con varas de humo.
Presiento en la dureza
mi blindaje,
se achica,
me atenaza un cuerpo distinto.
Ni respirar las proporciones de los días puedo,
su oxígeno empotrado en la sangre
que antes me habitaba.
Repito para poder continuar, como un ejercicio fraudulento,
las respiraciones del humo y la distancia.

Varas que sirven para medir y para golpear el alma,
a una misma vez: castigo y fortuna.
Vivo los garrotes del humo,
sus bravos bocetos que construí con lo blanco de su piel.
Mi mujer y yo y mi coraza chica,
de broches invisibles, sonoros.
Triste que es medir con la largura del humo
lo que me distancia de su forma
y la profundidad en el boquete de las manos,
el canto de la herida y lo verde que la pudre.

Inercia

Hay días en que la inercia de la bala
alcanza para atravesar el hueso
de mi alma. Varias veces perforada
en los días más fríos. Mi alma sin carne
dispuesta a recibir el cromo. Después
la inercia, la misma, me alcanza
para mover los dedos y saber la medida
del dolor. Algunos se afanan en decir
que siempre el agujero de salida
es más extenso. Eso solo en el cuerpo.
Los dedos saben el valor del hueco,
su lluvia y la enfermedad que arropa.
Si la bala hablase, si pusiera una jerigonza
entre los huesos, se sabría el destino
de los golpes y tal vez por qué
el blanco color de la almendra nos impulsa,
no se pierde ni en la suciedad de la piedra.

Último día

Los viernes, cuando el aire termina,
siento los huesos de mi cabeza.
Percibo como se unen, se aprietan con cierto odio.
Los rencores de sus costuras
pasan a través de mis manos, pasan
pero no se esfuman.
Los huesos de mi cabeza se aprietan
contra el vacío,
se convierten en cáscara.

Estancias

Cuando uno está aquí, papel de plomo, en este tránsito.
Grito hecho una lámina. Tanto golpe y poco viento.
Muerte de tu fruta, elongación del nervio de la vergüenza.
Tirador de frente, enigma del lomo. Frase de latón.
Ordena la caducidad de los venenos, vas bien, al polvo
andas sin tu animal, sin tus pancartas que ibas a colgar
de tus tetillas. Muerte absorbe tu gaseoso pan. La harina,
el atolón de hierro, la masa con la marcha de unos dedos.
Uñas de cuarzo, sin viaje, abultados terrones. Océanos
para dejar atrás, zumbidos de sus perros. Ya no te alcanzan,
ya no los esperas y te vas al burdel de los ahogados.
Todos aúllan más bajo que la luz. Se permanece,
se entierra uno después del fin
y no es espada ni arbusto de sed.
Uno está aquí, hecho de sargazo y
tránsito.

Vigilancia de los tiempos

Puedo mirar mis manos por horas.
Las desenrosco cuando cae la tarde,
uso otras manos, herramientas más confiables.
Una vez liberadas veo como frente a mí
caminan por lo que era el bronce de mi alma.
Las veo conversar, gemir el dolor de algún castigo.
Las veo sobarse como si el dolor
pudiera ser algún día un arbusto de hojas encendidas.
Las he castigado tanto
solo para transformar su odio en aguijón
con el que cercan mi cuello,
lo convierten en una fruta para podrir.

Dolores de la patria

Era yo un hombre sin patria
hasta que conocí el dolor,
el mismo hincón que en su vientre
siente el lago cuando reconoce que se seca.
No hablo del dolor de ver morir a un puerco
mientras cubre la hoja
hipnótica del acero con su corazón.
No hablo del dolor que las noches tejen
con los hilos que desprende la ausencia de la luz.
Este es el dolor de las piedras, interior,
no tiene gritos ni voces suaves y olorosas
que caminan hacia la sangre.
No tenía patria yo
pero tampoco reconocí el almíbar
que la hace perpetua
sobre la pulpa de sus hombres.

Aprendizaje

Se aprende todo el tiempo,
por ejemplo, ayer aprendí a llorar
hacia el interior de mi cuerpo.
Aprendí, con agua que destilan
mis otros ojos, a humedecer con sal
los cuadros colgados en mis paredes
por los animales de la suerte.
Adentro hay paredes para colgar cuadros
y grietas. Hay maderas húmedas. Voz.
La voz de unas rocas sin colores, a veces
sin fuerza. El letargo de una palabra y de sus hijos.
Aprender es un ejercicio lento,
un devorar y sentir,
en el mismo cuadro temporal,
la carne sin ojos del animal y la sensación
del sarro que acompaña al diente
mientras alumbra la piel.
Se aprende hasta a menguar el alma.
Se aprende a conciliar el sueño
mientras se sueña con la masa corpulenta
de una palabra hecha con el vidrio verde de una botella.

Aprendo acerca de mis paredes interiores,
sobre ellas han colgado todo tipo de semillas
y abundan sus tiempos. Sortijas del tiempo.
Aprendo del agua y de su fuerza y de su miedo
que nadie conoce. Aprendo del fango y miro sin cesar
sus formas de niño. Vuelvo a la escala de lo pétreo.