Regreso a Camagüey: Severo Sarduy y el origen

Fotografías cortesía de Norlys Guerrero Pi

Origen

Son tantos los modos que Severo Sarduy encontró para alcanzar en el futuro lo originario que no sería una caída en el psicologismo sino más bien una aceptación de la fuerza de los nombres pensar cualquier intento de lectura –éste por ejemplo– de su obra como un efecto más de la presión gravitatoria que en Sarduy tiene lo originario y que coincide al menos una vez con el destino: Camagüey. Retour à Camagüey1 podría titularse ese relato y narraría la historia de un movimiento en el que el Barroco (un concepto) se aleja para acercarse mejor –se aleja a un territorio inhóspito (Francia antibarroca) para reencontrar lo propio (una lengua, Orígenes, Lezama Lima, la Revolución) y en ese recorrido alrededor de un vacío esencial2 reinventarlo.

Lo originario es un problema que la filosofía contemporánea a Sarduy retomó en esos años del pasaje de los 60 a los 70 para sostener una crítica demoledora. La impugnación del origen suponía poner en crisis un modo de hacer historia al que Foucault, por ejemplo, contrapone lo que llama arqueología. Sarduy, algo más delicado en este terreno, hace del origen una pregunta cuya respuesta parece reclamar, antes que la negación radical, la invocación de imágenes de pensamiento. La más importante de todas es el Big Bang y a través de ella Severo Sarduy logra hacer del origen un fenómeno ur-histórico: se encuentra al mismo tiempo más allá y más acá de la cronología, está del lado de allá y del lado de acá del tiempo histórico. Es decir, Sarduy en 1974 había tenido una iluminación: Big Bang. No era una metáfora, menos un término de mera comparación. Era una invención: la zona de su historia que el cosmos mirado desde nuestro punto de vista tiene disponible para volver pensable el origen. Algo irremediablemente perdido que sin embargo sigue haciendo llegar hasta nosotros rastros de ese estallido inicial.

Venas. 12x18

Es por ello que el foco en lo originario es un modo de describir el paso filosófico de Severo Sarduy y persistir en la necesidad de recolocación de su obra teórica. En el trabajo con el origen, Sarduy se inscribe en un territorio que va mucho más allá de la mera lectura de la filosofía contemporánea (del lugar que incluso sus amigos más cercanos le asignan) para describir en cambio un movimiento del pensamiento estético que redefine los términos ético metodológicos con los que puede pensarse cómo el arte, la ciencia y la historia se tocan.

Origen: Big Bang

Nada del ensayo de 1972, “El barroco y el neobarroco”, en el que Sarduy lanza el concepto de Neobarroco, habrá permitido imaginar que dos años más tarde el alcance que daría al problema crecería tanto e iría tan lejos como para remontarse al Big Bang. Dada la riqueza y la dispersión que provoca, una zona muy significativa de su obra se organiza en torno a esa auténtica experiencia del origen. La colocación de este auténtico paradigma se lee, en efecto, en Barroco (1974) y Big Bang (1974). Allí, hace del Barroco (y de la cosmología kepleriana) el “origen” de nuestro tiempo, y del tiempo histórico un recorrido anacrónico cuya intensidad se mide por la distancia o la proximidad con ese origen, tanto hacia atrás como hacia delante. El salto que lleva del Barroco del siglo XVII al siglo XX (luego de ese hiato de baja intensidad) hace del presente el tiempo de un nuevo estallido, el Big Bang, cuyo “descubrimiento” (aunque habría que hablar más bien de invención), genera las condiciones de aparición de un nuevo Barroco. Pero en realidad Sarduy contrapone dos teorías: Big Bang y Steady State. Dos duplicaciones que repiten el gesto kepleriano del desdoblamiento del centro y del origen y cuya potencia para la ciencia es decididamente poética en el sentido gráfico y musical del término. ¿Por qué Sarduy se deja seducir por BB y no por la teoría que dice su nombre, SS? Porque un universo estable e inmutable es todo aquello que un Universo derivado del Barroco vuelve inconcebible. En cambio, un Universo en expansión permite imaginar un relato del origen perdido que esté a la altura de las necesidades filosófico-políticas del presente: nueva inestabilidad, revolución, Neobarroco.

En Barroco, el Big Bang es definido inicialmente en los siguientes términos: “indicio”, “vestigio”, “vestigio del «origen»”. Pero si hasta allí esa forma de lo originario que en el Big Bang está presente es sólo lógica, luego se vuelve material: es un “rayo fósil extremadamente débil pero constante y que, a diferencia de todos los otros rayos conocidos, no parece proceder de ninguna fuente localizable”3. De este modo, el origen se hace presente. A la luz de esta teoría, el Big Bang es el origen que falta en su lugar y que sin embargo puede alcanzarnos, podemos entablar con él una relación táctil. En un lugar incierto entre la historia y la ur-historia, el Big Bang es un origen que nunca termina de suceder: es simplemente un rastro de luz y un rastro de sonido, nada menos que una presencia material siempre actual pero que por su dinámica establece una vacilación humana entre el tiempo de su percepción y la convicción pese a todo inconcebible de la distancia con la fuente. Pero lo que Sarduy observa es que en tanto luz y sonido el origen es el arte, es decir, que su contenido de verdad es una experiencia que en el arte puede hacerse de un modo privilegiado. Por eso el arte es un espacio siempre en última instancia arcaico (sus fuerzas provienen de la arché) cuya potencialidad es oír (o hacer audible), ver (o hacer visible) el tiempo del Universo. El arte no representa esa dinámica, la toca (o es tocado por ella), porque está construido con los materiales (de edad inmemorial) que dieron origen a todo lo que conocemos. La Unidad de esa forma de arte es lo que Sarduy llama “obra” (una unidad que excede al autor):

Obra no centrada: de todas partes, sin emisor identificable ni privilegiado, nos llega su irradiación material, el vestigio arqueológico de su estallido inicial, comienzo de la expansión de signos, vibración fonética constante e isotrópica, rumor de la lengua de fondo: frote uniforme de consonantes, ondulación abierta de vocales4.

Esta obra, es claro, puede ser la del propio Sarduy. O no. Pero es más. Puede ser incluso toda una hipotética tradición (decir una poética sería una simplificación): el Barroco y su deriva, el Neobarroco. O no. Sarduy aspira a mucho más. Define una episteme y por lo tanto un método de lectura. Es decir, instaura una legibilidad (un método) que inscribe diversas producciones simbólicas en una determinada “maqueta del universo” –maqueta según la cual todo lo que habrá de decirse y pintarse (lo múltiple) se vuelve eco o huella del estallido inicial (lo Uno). Claro que con esos mismos materiales Sarduy también escribió versos y en ellos hizo de otro modo la misma experiencia, como en este soneto:

Que se quede el infinito sin estrellas
que la curva del tiempo se enderece
y pierda su fulgor, cuando se mece
un planeta en su abismo y en las huellas

del estallido primordial. Aquellas
noticias recibidas del comienzo
de las galaxias, del vacío inmenso
hoy son luz fósil. Paradojas bellas

que anuncian por venir lo transcurrido
y postulan pasado lo futuro.
Universo del pensamiento puro:

un espacio que fluye como un río
y un tiempo sin presente, opaco y frío.
El tiempo de la espera y el olvido.5

Cuando Giorgio Agamben, en Signatura rerum (2008), vuelve sobre el problema de la arqueología filosófica para insistir sobre su vigencia, convoca, entre otras imágenes, la misma que había servido a Severo Sarduy para fundar un campo completo de indagación, el Big Bang. Escribe Agamben:

La arché hacia la que retrocede la arqueología no debe entenderse en modo alguno como un dato situable en la cronología (ni siquiera en una larga línea de tipo prehistórico); ésta es más bien una fuerza operante en la historia […] así como el big bang, que se supone dio origen al universo, es algo que continúa enviando hacia nosotros su radiación fósil. Pero a diferencia del big bang, que los astrofísicos pretenden datar –si bien en términos de millones de años–, la arché no es un dato o una sustancia, sino más bien un campo de corrientes históricas bipolares, tensionadas entre la antropogénesis y la historia, entre la emergencia y el devenir, entre un archipasado y el presente. Y como tal —en la medida en que, como la antropogénesis, la arché es algo que se supone necesariamente acontecido, pero que no puede ser hipostasiado en un hecho dentro de la cronología—, solo puede garantizar la inteligibilidad de los fenómenos históricos, “salvarlos” arqueológicamente en un futuro anterior en la comprensión, no de un origen —en todo caso inverificable—, sino de su historia, a la vez finita e imposible de totalizar6.

El matiz que introduce Agamben no invalida la correspondencia (él mismo señala lo inconcebible de la unidad “millones de años”) y define una forma de contemporaneidad con Sarduy. En efecto, esta coincidencia en torno a la imagen elegida (Big Bang) sintetiza la serie de continuidades metodológicas cuyo punto de mayor intensidad se produce en la articulación entre la noción sarduyana de retombée y las agambenianas de “paradigma” o “sistema analógico bipolar”. En ambos casos, por diferentes razones, todo fenómeno es el Origen. Pero Sarduy, al hacer de esa experiencia temporal anacrónica el fundamento también del Neobarroco produce un ensamblaje decisivo tanto para la historia del pensamiento arqueológico como para la del Barroco –en este segundo caso, al definir en nuevos términos una inquietud que estaba presente desde el comienzo y plegar definitivamente el Barroco a la tradición arqueológica, transformado en núcleo estético ineludible para cualquier indagación sobre la experiencia de lo moderno.

Origen: retombée

Severo Sarduy llegó demasiado tarde a Walter Benjamin. Lo mismo ocurrió con muchos de sus contemporáneos franceses (Roland Barthes lo ignora, también Jacques Lacan, Michel Foucault apenas lo nombra, Gilles Deleuze no lo lee)7. Lo cierto es que Sarduy logra construir una de las grandes teorías del Barroco sin Benjamin, fundamentalmente porque Origen del drama barroco alemán (1928) —al que más tarde alude Sarduy sólo lateralmente— se traduce al francés recién en 1985, y al español (lengua en la que, sin embargo, otros textos de Benjamin fueron traducidos por Héctor Murena tempranamente, en 1967)8, recién en 1991. Sin embargo, aún sin que Sarduy haya llegado a percibirlo, hay entre ellos una serie de resonancias que los colocan en el lugar de dos puntos unidos más por un arco (por un salto) que por una línea recta en la historia del Barroco. Y esa resonancia puede oírse a través de la noción de retombée.