mayo - agosto 2017

La escuela cubana necesita del arte joven.

Texto leído en el segundo congreso de la AHS, efectuado en octubre del 2013.

Por: Yoan Manuel Pico Olivera


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Dos jóvenes son convocados a una guardia estudiantil. Justo al salir de sus casas, un torrencial aguacero comienza a caer sobre la ciudad. Uno de los alumnos decide cumplir con su deber, el otro opta por la comodidad del hogar. ¿Cuál actuó mejor? La anécdota no está tomada de ningún libro de narrativa, la escuché hace tres años en un Seminario Nacional para Educadores. En aquel entonces estos cursos estaban a cargo de los más competentes metodólogos y sus actividades servían de referente para el desempeño de cada profesor. Un canal televisivo de alcance nacional se ocupaba de que las conferencias llegaran hasta la última escuela del país y también, por qué no, a cualquier persona que en ese momento se conectara con la señal.


Pero volvamos al pasaje de la guardia. Según las predicciones de su creador, este debía desencadenar un apasionado debate, contribuyendo a la formación en valores de los alumnos, aspecto al que la escuela cubana concede una apreciable prioridad. Por supuesto que la recontextualización de Abel y Caín no funcionó como situación problémica. El metodólogo olvidó aquella frase de Pascal que un amigo repite con insistencia: “Lo que se opone a una verdad no es una mentira, sino una verdad mayor”.


Conviene aclarar que este aserto es ya ganancia absoluta en nuestras llamadas evaluaciones de contenido. Así, las conocidas popularmente como verdaderos o falsos, que años atrás se polarizaban hasta el delirio, hoy se diferencian por mínimos matices. Se acabaron los tiempos en que usted debía leer un texto y luego elegir las respuestas válidas entre diez opciones: la mitad correcta, y la otra, absurda. Paradójicamente las situaciones destinadas a fomentar el debate no han corrido igual suerte. Allí sigue la oposición Verdad vs. Mentira, Blanco vs. Negro, Limpio vs. Sucio. Renunciamos con ello a una herramienta que también podría desarrollar el pensamiento lógico de nuestros estudiantes.


Aunque duela, la verdad salta a la vista: el estado de lo que denominamos formación en valores resulta verdaderamente calamitoso. El último congreso de la UNEAC se detuvo en este vital aspecto. Algunos intelectuales ya habían reflexionado sobre el tema. En el año 1997 Fernando Martínez Heredia llevó a los redactores de Alma Mater un curioso artículo: “A los jóvenes no les gusta el teque”. Por azares del destino, el mismo fue publicado diez años después. Allí, el premio Maestro de Juventudes de la Asociación Hermanos Saíz, afirma: “Nuestros sistemas de instrucción, divulgación y propaganda acerca de la Revolución y de la Historia, y de los problemas actuales de Cuba, van de medianos a pésimos. La ignorancia fomentada por esos defectos graves despoja al joven de interés por los mensajes y le quita la base que brinda lo conocido para captar lo nuevo. También, y esto es peor, cercena la capacidad de hacer preguntas. Además, el lenguaje político está devaluado y está resentida su credibilidad”.


El pasaje que inició mi intervención y otros muy fáciles de encontrar en el aula cubana son un fiel ejemplo de los riesgos mencionados, demuestran también, a tres años del artículo de marras y a cinco del congreso de la UNEAC, que la educación cubana necesita repensar sus estrategias de interacción con los jóvenes. Hasta los conocidos diagnósticos, esos exámenes que aplicamos al inicio del curso, evidencian poca inteligencia para el diálogo. Preguntamos en ellos por lo que sucedió una vez en tal año, y luego, terminada la calificación, seguimos ignorando qué saben nuestros estudiantes, sobre qué temáticas les interesaría conversar, cuáles son sus intereses y aspiraciones. “Los alumnos no leen”, repite el profesor ante la evidencia del examen en blanco, pero los estudiantes sí leen, descubrir sus textos e interactuar con ellos constituye el mayor desafío. No hacerlo destruiría la credibilidad del maestro y de la propia escuela.


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