enero - abril 2018

PALABRAS DE AGRADECIMIENTO EN EL ACTO DE ENTREGA DEL PREMIO NACIONAL DE LITERATURA 2017.


Por: Luis Álvarez Álvarez


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Luis Álvarez Álvarez

Ante todo mi gratitud al jurado —Marta Lesmes, Marylín Bobes, Margarita Mateo, Enrique Pérez Díaz y Arturo Arango—, que con sobrada generosidad me ha otorgado este premio. Este reconocimiento, en estricta justicia, debo compartirlo con las diferentes editoriales que han dado acogida a textos míos, entre ellas Ácana, Letras Cubanas, Cubaliteraria, Oriente, Holguín, Casa de las Américas, Centro de Estudios Martianos, Pablo de la Torriente Brau, Matanzas, Ávila, ICAIC, Ciencias Sociales, Unión y Abril, así como también, fuera de Cuba, entre otras, Siglo XXI Editores, Fundación Ayacucho de Venezuela, Editorial Jitanjáfora de México, Editora de Furg de Brasil o las editoras de las universidades de Santiago de Compostela y de Seúl.


Asimismo hago extensivo este premio a los editores que han velado por la calidad de mi escritura: no puedo aquí nombrarlos a todos, pero al menos quiero mencionar a mi primer editor y amigo, Juan Nicolás Padrón, y también a Consuelo Muñiz, Teresa Blanco, Clara Hernández, Asela Suárez, Lincoln Capote, Maitée García, Enid Vian, Vitalina Alfonso, Sandra González y Mayelín Portales. Asimismo mi reconocimiento a los diseñadores que me han acompañado en distintos momentos de mi trabajo, como Marta Mosquera, Alejandro Escobar y Eduardo Rodríguez.


Jorge Luis Borges dijo alguna vez que estaba más orgulloso de los libros que había leído, que de los que él mismo había escrito. Hago mía esa afirmación del gran argentino, con énfasis en lo que se refiere a la cabal prosa reflexiva cubana, varios de cuyos rasgos entrañables se ven ya despuntar en Papel Periódico de la Havana, donde el P. José Agustín Caballero se atrevió a fustigar la indecible crueldad de la esclavitud practicada en la Isla.


Nos falta mucho para una justa apreciación de un género que, como el ensayo, se ha caracterizado en Cuba por sus complejas funciones histórico-culturales y un dinamismo estilístico indiscutible: a lo largo de cinco centurias, textos que originalmente fueron creados como literatura epistolar, discurso histórico, crónica periodística o incluso discurso judicial, terminaron por asumirse como ensayos trascendentales.


En tal sentido, la obra del P. Félix Varela resulta fundadora, pero no solo porque debemos considerarlo como el maestro fundamental que nos enseñó a / en pensar, sino también porque fue, es y será una guía para la meditación patriótica. Sus Cartas a Elpidio constituyen verdaderos ensayos sobre la esperanza en el futuro de Cuba, pues es obra orientada a modelar la juventud insular. Esas cartas marcan el brillante nacimiento de la prosa reflexiva nacional con una aspiración ética de gran calibre. El P. Varela sentó las bases de lo que habría de ser esencia de la gran ensayística cubana: la preocupación moral y el llamamiento a las nuevas generaciones. Varela nos legó dos metas principales: el crecimiento de la nación y la ética como componente básico para nuestra sociedad. Constituyó, pues, la ética como eje primordial para Cuba, una orientación que, más de un siglo después, Cintio Vitier analizaría intensamente en su ensayo Ese sol del mundo moral, ensayo cuyo propósito fue “señalar aquellos momentos claves en el proceso de forja de la nacionalidad que denotan un fundamento y una continuidad de raíz ética”.[1]


Arango y Parreño, fundador del ensayo económico en Cuba, halló necesario referirse a la “avidez de oro”[2], como característica distintiva de la sicología social de los sacarócratas, quienes, sin embargo, fueron también víctimas —aunque en menor medida que el pueblo más humilde, ya fuera libre o esclavo— de la entonces absurda economía española, entrampada entre un feudalismo del que no había podido librarse y un capitalismo que tampoco había logrado instalarse en la existencia peninsular. Esa entreverada e inestable economía española fue no solo un componente valorado por Arango y Parreño, sino que habría de considerarse —por él y por otros pensadores de la Isla— como inevitable detonante de los cambios diversos que se gestarían en la ideología de la Cuba colonial.


Avanzadas las primeras décadas del siglo. XIX, los intelectuales cubanos se asomaron con creciente atención al tema de la cultura, como fue el caso de José Antonio Saco, Domingo del Monte y Gaspar Betancourt Cisneros. Esto se produce como resultado de la gradual maduración del pensamiento nacional, cada vez más próximo a la comprensión de que la especificidad de la cultura es inseparable de la madurez de la sociedad y, por ende, con la defensa del derecho a la independencia económica y política, pero también con el crecimiento moral de la población. De modo que el desarrollo de la meditación sobre la cultura no se produjo como una fortuita curiosidad, sino como un factor esencial en la maduración de la conciencia cubana. Saco, que también fue continuador de ciertos perfiles cabales del pensamiento del P. Varela, analizó además problemas graves de la sicología social del cubano y a ello responde su impresionante Memoria sobre la vagancia en Cuba, la cual abordó esa nefasta conducta social no como un problema simple o secundario, sino como una cuestión vinculada con difíciles herencias culturales de España. El análisis de Saco, y su brillante correlato, la meditación de Domingo del Monte, fueron hasta hoy cimientos duraderos que, empinándose sobre la reflexión vareliana acerca de la defensa de la ética, habrían de servir también para el enorme panorama antropológico que levantaría luego Fernando Ortiz. Poco después de la labor de nuestros primeros pensadores, Antonio Bachiller y Morales se encargaría también de trazar el itinerario cultural de Cuba y de valorar, con penetración singular, el componente africano de la cultura nacional.


El siglo antepasado cerró con la arquitectura enorme del pensamiento martiano. Todo su periodismo, rápidamente devenido modelo ético para la ensayística cubana, reveló buena parte de nuestras esencias idiosincrásicas. Analizó Martí esta isla, pero con la finalidad de interpretar, remodelar y salvar —esas tres metas vitales del ensayo de gran estirpe—. La autenticidad, el predominio de lo cubano entrañable lo llevaron a una afirmación que sigue siendo válida hoy: el grave peligro que el cubano, “[…] llevado de ideas extranjerizas, y los rencores que fomentan, olvidara, esclavo de las palabras ajenas y de los libros traducidos, que el amor […] es el único modo seguro de felicidad y gobierno entre los hombres”.[3] La prosa reflexiva cubana debe mantener ese legado esencial e incluso acrecentarlo. De aquí que Fernando Ortiz profundizase en la realidad del país y en sus esencias hondamente mestizas —por hibridez no de razas, pues, como insistió el Apóstol, no las hay, sino de fértil confluencia de culturas—


El ensayo insular de alto calibre en el siglo XX se proyectó, como Martí en la centuria anterior, hacia la indagación de América: José Lezama Lima, Alejo Carpentier y Severo Sarduy, para asombro de los dos lados del Atlántico, perfilaron nada menos que una luminosa teorización del neobarroco como timbre de la expresión americana. Fue una labor muscular que ellos realizaron muy pocas décadas después de que Heinrich Wölfflin descubriera el profundo sentido histórico y transhistórico del Barroco europeo. Esos tres ensayistas demostraron con sobrado fundamento que el Continente Mestizo había creado un barroco específico, peculiar y soberbio en su americanía.



[1]. Cintio Vitier: Ese sol del mundo moral. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2015, p. 7.
[2]. Francisco de Arango y Parreño: Obras, Imprenta Howson y Heinen, La Habana, 1888, t. I, p. 57.
[3]. José Martí: Obras completas. Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t. 2, p. 26.


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