enero - abril 2018

Luis Alberto García:

"El actor es un ser pensante"

Por: María Antonia Borroto


página 1

Incluida en el libro Conversaciones gustosas. Ed. Ácana, Camagüey, 2011.



Luis Alberto García

Para los cubanos que frisamos los cuarenta años y hasta un poquito mayores, Luis Alberto García es una suerte de contemporáneo muy cercano. La ingenua devoción por sus ojos claros en mi primera juventud, fue dejando lugar a la comedida admiración al actor. En ello tuvo mucho que ver la propia naturaleza de su trabajo en "Algo más que soñar" y en Clandestinos: Luis Alberto era —es— Antonio y Ernesto, dos de los más recordados personajes cubanos de los años 80.


Por eso, hablar con él después de haber sido testigo de su vehemencia durante las discusiones del XII Taller Nacional de Crítica Cinematográfica, obligaba, más que a un anecdotario, a las reflexiones sobre la actuación cubana hoy y sobre la nostálgica mirada de su generación —y la mía— en torno a programas y sucesos de nuestro pasado reciente. Sucede que entre el cine y la vida, como entre la televisión y la vida, llegan a anularse las fronteras. Así, mi adolescencia siguió el pulso de la epicidad de ambas propuestas —“Algo más que soñar”, “Clandestinos”, aunque también de “Hello, Hemingway”—, de la humanidad de sus caracteres y su amorosa mirada en torno al presente de entonces y al pasado.


Tan buena como estas razones es otra que pude apreciar durante su estancia en nuestra ciudad: Luis Alberto es un cubano campechano y locuaz que defiende la capacidad intelectual de los actores, nunca meras marionetas. Tales son los derroteros de una de las más agradables entrevistas de mi vida profesional, charla apurada en uno de los recesos del taller.


Soy parte de una generación muy cercana a la tuya, de una generación que creció admirando el trabajo de ustedes —cuando digo así me refiero a Isabel Santos, Beatriz Valdés, Rolando Brito y tú, entre otros—. Sin embargo, siento que en estos momentos la actuación en la televisión está en crisis, que los propios programas dramáticos están en crisis y que ese sentido de identificación del público con sus actores tiende a desaparecer, aspectos corroborados por Isabel Santos durante una reciente visita a esta ciudad.


Yo tengo una relación con la televisión muy rara, pues es como una novia con la que rompí. Siento que en mi alma queda algo de cariño pero, definitivamente, no vamos a volver a ser novios, o al menos no mientras la televisión siga como está. No tengo pelos en la lengua, sé que me arriesgo a que mucha gente me critique, incluso a que se me cierren esas puertas: hice mucha televisión cuando pensé que valía la pena. Mi generación —yo me gradué en el ISA en 1984— llegó a la televisión en un momento en el que había muchos directores de talento junto a actores y actrices buenos. Durante esos primeros años no había mucha diferencia entre el cine cubano y la televisión, se hacían cosas interesantes, te llegaban personajes muy interesantes; había una preocupación ostensible por la calidad, por los resultados del trabajo. Muchos directores buenos fallecieron, otros se fueron del país; con los actores ha pasado otro tanto: la famosa diáspora de los artistas cubanos nos afectó terriblemente, pues muchos buenos actores y actrices ya no están en Cuba, unos se fueron definitivamente, otros están de paso en otros países. La televisión decayó mucho durante la crisis económica; el llamado periodo especial hizo que cada vez fuera más difícil hacer telenovelas, teatro, cuentos. Aunque en los últimos años se ha recuperado un tanto la producción de esos espacios, ya se ha perdido entrenamiento, se ha perdido rigor, y desgraciadamente ha salido a dirigir mucha gente que no está bien preparada. Eso trae como consecuencia que el nivel cualitativo de la programación dramática de la televisión haya bajado de manera tan ostensible. Yo decidí hace un tiempo no hacer televisión; en los últimos años he aparecido por allí solo para hacer “Los verdugos", dirigido por Juan Pin Vilar y más recientemente, con Enrique Álvarez, “Escuadra hacia la muerte”. Y los hice porque se trataba de directores que no son propiamente de la televisión, porque enfrentaron esos trabajos como si fueran de cine. Realmente los produce la televisión, se transmiten por la televisión, pero a la hora de la realización se asumieron como si se tratara de una obra cinematográfica, con el rigor y la calma propios del cine. Creo que a Isabel le pasa otro tanto, como le pasa a Beatriz, a Albertico Pujols... Todavía hay gente que sigue haciendo televisión, es difícil no hacerla; yo soy de los pocos afortunados que sigue recibiendo proyectos para cine, pero me doy cuenta de que aquellos actores que no son llamados por el cine cubano no tienen otra alternativa que hacer teatro o televisión: si yo me pasara dos años sin hacer una película tendría que hacer televisión. De todas formas trataría de escoger muy cuidadosamente los proyectos.


Creo que la culpa no es absolutamente de los actores o los directores, en el fondo todo radica en un problema económico: la televisión tiene graves problemas con la técnica. No sé si sabes que actualmente los programas de la redacción dramática no tienen la calidad de imagen y sonido que les permitiría ser comprados por otras televisoras. Hoy en día se impone la televisión digital, una técnica demasiado costosa que en estos momentos solo tiene el Canal Educativo, pero ninguno de los programas que se hacen en Cuba con actores y directores cumple con los parámetros técnicos para ser exhibidos en otros lugares. La televisión cubana está urgida de un cambio tecnológico que cada vez se hace más imperioso, pero tengo que reconocer que en las condiciones económicas que vive el país muchas veces es más importante asegurar la leche o el transporte público que las caras de la televisión. Aunque me gustaría decirle a la gente que tiene que tomar esas decisiones que una buena televisión es a veces tan importante como la leche o el transporte. Creo que en estos momentos los cubanos necesitan obras cultas, obras que muevan el intelecto, que provoquen la discusión. El valor del arte y la cultura en momentos así es inconmensurable. Y no hablo de diversión, no creo que la televisión y el cine sean solo para divertir: la gente debe tener la posibilidad de llegar a su casa, luego de pelear con las carencias cotidianas, y encender la televisión y recibir cosas bien hechas. Así pasaría mejor su tiempo.


Y se impediría también el propio anquilosamiento del público.


Claro, si empiezas a bajar el nivel cualitativo, empiezan a salir generaciones a las cuales les parece que eso siempre fue así y siempre tendrá que ser así, y no aspirará a nada diferente.


Además, muchos de los ejemplos que están llegando de fuera no son los mejores.


Siempre he sido fanático de las novelas brasileñas. Creo que dentro del mundo de las telenovelas, las mejores son las brasileñas; están en la vanguardia en cuanto a realización, veracidad, actuación, guiones. Hubo una época en la cual las producciones cubanas, si bien nunca llegaron a tener esa cima de calidad de las telenovelas brasileñas, competían con las brasileñas en cuanto al gusto de la gente, tenían seguidores, eran perseguidas, sobre todo las series que tocaban nuestra realidad. Hay que tratar de recuperar el terreno perdido.


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