mayo - agosto 2017

Impresiones fragmentadas o el sueño posible (fragmentos)

Por: María Antonia Borroto


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No hay susto en esta niña...


No hubo susto en esta niña cuando, tomada de la mano por su papá, se enfrentara por primera vez a semejante negrura. El deslumbramiento por la luz siempre sería mayor. Fascinada y risueña se hundiría en la atmósfera del filme, y se asustaría con el destino aciago de la sirena, querría, como ella, ser espuma del mar y, como ella, viviría anhelante de esa vida que transcurre en una rara convergencia de apartamiento y proximidad.


Vendrían las inevitables preguntas. Aún a finales de los setenta, el cine era el prodigio mismo. Esta niña, aunque hecha a los rigores de la letra impresa, tuvo en la pequeña sala de su pequeño pueblo una prolongación de sí misma. Primero reparó en la unidad que, secreta, la mantenía junto a los que compartían ese espacio. Luego, detalle nada fortuito, comprendió que, aunque cercanos, cada cual permanecía en sí mismo. Momentos hubo en que sintió, sin entender muy bien el asunto, que todos veían películas distintas: tan diferentes eran las vivencias e interpretaciones. Primero era un juego, o la imitación de un juego. En lugar de la muñeca a la que se le inventa una historia, la muchacha bonita ya tenía su historia. El juego se complicaría cada vez más y, con los años, dejaría de caer rendida a sus pies. O, como en los amores maduros, habría mucho de regocijo, pero también de insatisfacción. La niña, ya crecida, cada vez querría más. Pero no la sola cantidad: el paladeo de cada filme iría dejando de ser un asunto meramente sensorial para ser, las más de las veces, pura fruición intelectual.


En este punto se confunde. ¿Hay acaso divorcio verdadero entre ambas esferas? ¿Tal división no supondría la nefasta división de lo humano, un dualismo inconcebible y simplificador? Con estas preguntas en la mente, y muchas otras, pues el verdadero buen cine tiene preguntas en lugar de respuestas, intentó comprender el mundo del cine desde las irreales páginas de una publicación digital. Era la apoteosis de la virtualidad y, a la vez, de la realidad. El cine, asumido como experiencia vital, pero, siempre, inevitablemente, de una desesperante irrealidad, era el pretexto para mirarse a sí misma, pues tal es siempre el disfrute del arte.


Esta mujer sabe que cuando mira y escribe de cine tiene las virtudes y defectos que siempre la han acompañado. No pretende el tono académico de quienes se sienten a salvo del error, ni el dato exhaustivo que hace de cada texto un resumen estadístico. Se mantiene fieramente leal a su punto de vista, el único desde el cual puede descubrirse el mundo en su verdad, según Ortega y Gasset.


Cuando acaba el filme, las ideas van y vienen. Aún no es el momento de sentarse a escribir. Es pronto todavía, mejor dejar reposar tantas emociones y pensamientos. Quizás un poco más tarde, sus manos, rápidas, recorrerán el teclado. Querrán ser tan veloces como su mente, tanto como esas imágenes que su retina guarda: es tan vívida la sensación de realidad, tan suave la duermevela en que permanece.


Vuelve el estupor de los días adolescentes: tantas interpretaciones y opiniones hacen suponer que el filme no ha sido el mismo para todos. Error: hay tantos filmes como espectadores. Al margen de las llamadas interpretaciones aberrantes, sabe que cada espectador construye su filme. La crítica es, a fin de cuentas, un ejercicio humano, hecho por humanos. Puede muy bien tener, al menos en estas páginas, rostro de mujer, sueños de mujer, opiniones de mujer que, fieramente leal a sí misma, pretende, a lo sumo, un puente desde el cual conversar con quien, en la penumbra de la sala, o en la embozada comodidad del hogar, suspira, sueña o discrepa con cuanto transcurre en el ambiguo espacio de los filmes: apoteosis de realidad e irrealidad.


Atonnement


Pocas veces una película logra ser la realización de la tesis estética que expone. Me explico: ser al mismo tiempo una historia, con la autonomía que toda historia requiere, a la vez que reflexión sobre los problemas consustanciales al arte y a la creación. No es la sola y tremenda historia de amor, de celos y mezquindades que vemos en su primera parte. En una inversión sutil, Atonnement, de Joe Wrigth, deviene una metáfora del poder liberador del arte, de los mecanismos que permiten la existencia de ese doble de todas las actividades humanas, de esa actividad, inútil por excelencia mas consustancial a lo humano, que solemos llamar arte.


Lo dicho hasta aquí haría suponer en la obra, vista entre nosotros con el nombre de “Expiación”, un texto panfletario, declamatorio incluso. Nada más ajeno: la tremenda y difícil relación contenido-forma, fácilmente explicable en abstracto, tiene en la película una realización cabal. La inversión es evidente a partir de cierto momento, mas desde antes, en diversas ocasiones hay un juego y rejuego con los puntos de vista, con la diferencia entre lo percibido por los engañosos sentidos y lo real, sobre el nefasto poder de la invención desaforada y el vindicativo de la honestidad. Salvo que —he ahí un detalle nada desdeñable— la invención forma parte de la vida real y la honestidad, de la vida en el arte.


La continua inversión y puesta en duda de la autenticidad del propio discurso —la constante alusión sonora a la máquina de escribir, el contar lo mismo desde diversos ángulos, por ejemplo— devienen una reflexión sobre los mecanismos de que nos valemos los humanos para tratar de documentar y conservar la realidad. Dígase, por ejemplo, el documental, tremebunda mascarada que brinda de lo acontecido, de tan interesado, una imagen irreal. La secuencia del drama de amor contra la que se recorta la pequeñísima silueta del protagonista —beso apasionado tras el regreso— no solo anticipa lo que habrá de acontecer, sino que refuerza la noción misma de la realización solo simbólica de las apetencias más queridas. Y de eso se trata: de la controvertida naturaleza humana, de la culpa como mecanismo generador del arte, de la suplantación ficticia y bella de un destino tremendo.


La guerra es algo más que un telón de fondo para la historia. La guerra y su enunciación por los medios oficiales, forma parte del entramado conceptual. ¿Qué imagen tenemos de ella? Una, tangencial si se quiere, de la victoria y su costo, otra, la del dolor en el hospital —donde también se ha de fabricar una historia para consuelo de un moribundo—. Excelente el plano secuencia en el parque de diversiones devenido escenario de ruina y muerte, soberbia la ondulación de la cámara, la tristísima imagen de los victoriosos. ¡Qué diferente de los sonrientes rostros en el documental! La guerra es también la falsedad, el enriquecimiento de quienes la promueven: nueva inversión de símbolos, el blanco purísimo de un traje de novia simboliza todo lo contrario frente al blanco, igual de puro aunque con el rojo en el pecho, de la enfermera.


Toda una época, la tremenda que precedió a la Segunda Guerra Mundial, aparece resumida aquí, quintaesenciada en habilísimos diálogos, en secuencias que, gracias a la fotografía, lograron servirse de la luz para crear significativos claroscuros y contrastes entre los personajes. La luz, o mejor, su ausencia en ciertos momentos, amén de recurso que permite el decursar de la historia, es asunto de exploración estética.


Es Atonnement una película cabal. Y lo digo no en virtud de su excelente guión, de sus actuaciones memorables, de la acertada dirección de arte, de la eficiente banda sonora. Todo ello es importante. Su secreto —si es que el término es válido— radica en la conjunción de todo ello en una obra que da cuenta de sí misma: que da cuenta, gracias a su propia estructura formal, de su tesis más cara.


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