enero - abril 2018

Símbolos: entre Moisés Simons, las cuarterías, el paquete y la McDonald.



Confieso que me he convertido en un consumidor asiduo del paquete. Bien pareciera que esta especie de ejercicio semanal calmara mi sed de descubrir algo nuevo e interesante, pero cada vez quedo más insatisfecho. Salvo por alguna que otra película o documental de mi interés, todo queda reducido a un rápido delete que busca el espacio necesario para la otra copia. Del resultado de este entrenamiento he deducido que cada paquete semanal es como una isla, un país. Uno va descubriendo las estructuras a las que está sometido y someten, en la medida que se va familiarizando con su ordenamiento interno. En esa búsqueda uno llega hasta la risa y el asombro con una especie de noticiero canadiense en el que las presentadoras salen desnudas, por eso su título Naked News, y el horror con un género de youtuber cubano que se ha dado en nombrar Pollito tropical, el cual se posiciona frente a la cámara como una enseña nacional a la que vitorean hasta el cansancio haciendo gala de su estilizado rostro; maquillado y engalanado para la ocasión. Lo más triste de esta realidad cubana que vivimos hoy no es él en sí mismo sino toda la euforia enfermiza que arrastra consigo en la que lloran, lo mismo niñas de 9, 12 y 15 años hasta madres y muchachos marcados por ese eufemismo de lo “nacional” en lo que cada vez podemos hacer menos para sentirnos orgullosos, en lo que cada vez quedan menos fuerza para decir “Al combate corred…” con la turba siempre constante rondando en nuestras cabezas… sí, pero ¿para dónde? (Eduardo Rodríguez)



¿Realmente soy cubana? Varias veces me lo he preguntado. La primera vez fue cuando escuché que a TODOS los cubanos nos gusta la pelota. Obviamente, una criatura que demoró años en distinguir una bola de un strike y que una vez, jugando quiquimbol, corrió para tercera en vez de hacerlo para primera, NO es cubana. La segunda vez fue en el cine, cuando casi todas nuestras películas transcurrían en cuarterías y tenían como protagonistas a personajes casi marginales. Tampoco me he reconocido en esas mujeres de pelos “laceados” y ropas sofisticadas incluso en el campo, como las de ciertas novelas. Y ahora, para colmo, circulan por Londres ómnibus y taxis decorados con las imágenes de la “Auténtica Cuba”: la Cuba de playas y centros turísticos que ni en sueños he visitado. Entonces, ¿qué soy? No quepo en esas etiquetas, supuestos símbolos de mí. ¿Seré acaso solo de esta casa y de esta familia? ¿De las consignas y becas sucesivas (Vocacional y Quintero)? ¿De la prisa en el periodismo? ¿Del retiro en bibliotecas? ¿De esta liviandad de lo digital? Tal vez como castigo a mi deseo de escapar sigo aferrada a Esmeralda, a mi patio de allí y a esas maderas azules que formaron mi mundo; con café, mucho café y cierto gusto, ejercitado cada día menos, por el baile. Tal vez eso SÍ me hace cubana. (María Antonia Borroto)


En Camagüey los puntos de referencia son las iglesias; en La Habana, los contenedores de basura. “Cuando llegues a aquel tanque dobla a la izquierda”, he escuchado más de una vez ante mis despistes de guajiro. Esa es la primera diferencia, el primer rasgo identitario del que puedo dar fe desde que la vida me arrojó a un interior del Cerro. En esta inmensa cuartería de sesenta y dos apartamentos soy el único escritor, conviven conmigo una bailarina de Lizt Alfonso, un profesor de marxismo, un tatuador y una santera (aquí las hay por barrio y tienen el mismo status que una presidenta del comité o una jefa de vigilancia). Pero el record lo tiene Chachi. Él es el único jamonero cuyo hijo sueña con ser músico. Chachi es una persona excepcional. Camagüeyano al fin, yo nunca saldría de mi casa para ayudar a un desconocido, menos a las doce de la noche, pero Chachi salió de la suya para ayudarme a mí: en aquel momento un tipo con pinta de oriental enfrascado en la más azarosa de las mudadas. Los habaneros son así, y las habaneras por supuesto. Solo hay que ver la manera en que te sostienen la mirada y, para colmo, sin nada que sostenga sus senos. Dice un libro que las muchachas de la Habana no tienen temor de Dios, yo diría que tampoco lo tienen del diablo, es más, las mujeres de La Habana son del diablo. De cualquier forma no puedo hablar mal de las mujeres. Una de ellas me arrastró a esta aventura. Ella me obliga a encontrar acomodo en una ciudad, en la que, como en todas, también puede haber espacio para el amor. (Yoan Manuel Pico)


Creo que Ajubel, Manuel y René figuran entre los augures de este fenómeno pseudocultural en que se ha convertido la imagen más precaria de la cubanía: en las páginas memorables del DDT, a finales de la década de los años ochenta apareció, entre otras, la caricatura de un hombre blanco, con evidentes trazas de europeo, cargando al hombro una descomunal mulata y el globo de texto decía más o menos: “¡Aquí,… descubriendo los bienes culturales!”

El tema presenta cada día nuevas aristas y trasciende las parcelas geográficas.

En la otra orilla, la televisión mostró una y otra vez la imagen de Melania dando un codazo formidable a su Presidente para recordarle que en la ceremonia del 4 de julio, Día de la Independencia, debía colocar su mano sobre el pecho al escuchar el himno de su país y saludar su bandera. Semanas más tarde, esa misma prensa se hizo eco del repudio presidencial a los deportistas de la NBL que se arrodillaron durante el himno para expresar su rechazo a actitudes discriminatorias. Semanas después, acusaron de “comunista” a Jacob Forever por usar un pullover con la efigie del Che. Meses más tarde, desacreditaron los pronunciamientos de Enma González contra el uso de armas en las escuelas porque en su chaqueta lucía una banderita cubana. Efigies y banderas que se venden estampadas en los más disímiles objetos y artilugios en cualquier orilla del planeta. Mientras tanto, la curiosidad, la añoranza y la nostalgia por Cuba se han convertido en un negocio muy lucrativo. Basta la visión de una mulata, unas claves, una tumbadora, un tabaco y una botella de ron.

Nadie atrae más público en la concurrida intersección de la Calle Ocho de la Pequeña Habana, en Miami, en las horas del mayor auge de turistas, que un avispado cubano vendedor de cucuruchos de maní que pregona: “¡Organik pinut, guán dólar!”…¿Qué dirían Moisés Simons y Rita Montaner de este prostituido cucurucho de maní orgánico? ¿Qué dirían la OFICODA y Pánfilo al ver en el menú de un famoso restaurant, como atractivo símbolo incuestionable de cubanidad, este remedo de Libreta de Abastecimientos? ¿Habrá que actualizar el catálogo de productos de Artex para incluir la Libreta? ¿Nos estarán tomando la delantera con el maní orgánico?

Al calor de las políticas culturales, las leyes de oferta y demanda, la pretendida desacralización de símbolos autorizada por la postmodernidad, la globalización de la economía y la cultura ¿qué hacer para salvaguardar el más auténtico respeto por los símbolos patrios? Y créanme que me refiero a todas las Patrias. (Belzaida Ochoa Pupo)


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© Asociación Hermanos Saíz Camagüey. 2018
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