En línea con ETECSA

Fotografías cortesía de Norlys Guerrero Pi

Hasta los inventos más universales encuentran aquí una aplicación muy singular, muy nuestra. A ver, caballeros, cómo le explicamos a un extranjero la expresión: “Teléfono petrolero”. Aun cuando esa persona haya practicado el sexo telefónico les aseguro que no tendrá la suficiente agilidad mental para asociar el invento de Graham Bell con el combustible fósil más preciado del mundo. Tal vez por eso, para que nuestra realidad se entienda y porque al fin y al cabo el país quiere parecerse al resto del mundo, esa misma expresión cuenta con un sustituto más refinado: “Teléfono corporativo”. Se la escuché a un tipo con cara de importante, y también por qué no, con cara de haber practicado más de una vez el sexo telefónico, aunque no era extranjero. Andaba en un carro de esos que ahora me encuentro en la Habana con bastante frecuencia, son blancos y lucen una frase rotulada en negro a la altura de la puerta: “Nivel central”, otro invento, otra aplicación muy singular, muy nuestra.

Llave

Bajo el acrónimo de ETECSA he visto, caer las más poderosas ilusiones que un cubano puede experimentar cuando se trata de un mundo anhelado y desconocido para él. Y es que los nuevos servicios y con ello las nuevas ofertas que trae aparejada la mal llamada Informatización de la Sociedad Cubana, en vez de acercarnos al conocimiento, lo que ha hecho es movernos iracundos hacia un cúmulo de sentimientos encontrados donde una persona que va a “conectarse” lo mismo llora, que desespera, que maldice y hasta se la “juega” con el último peso del salario, para rencontrarse con tantas caras que llenen de ilusiones y esperanzas su vida actual.
Para nadie es secreto que las modalidades de conectividad en Cuba, si bien son limitadas, ofrecen ventajas nunca antes imaginadas. Pero también es necesario volver la mirada sobre la posibilidad real de brindar un servicio que fortalezca en vez de debilitar. Lo cierto es que es mejor un servicio efectivo y no uno que aparentemente llega a todos pero ineficaz, improductivo y sobre todo que influye notablemente sobre el bolsillo del cubano. Ese mismo cubano que, dada su grandiosa forma de convertir el fracaso no en éxito, sino en una forma acertada de supervivencia, renombró y dio un nuevo y real significado de lo que ha representado y representa hoy la única empresa de telecomunicaciones de la Isla: ETECSA (Estamos Tratando de Establecer Comunicaciones Sin Apuro).

Mapas. 16x32

Cuando se viaja es muy importante llevar consigo un “localizador”. Si te pierdes, si tienes un desagradable y potencial peligro, ese “localizador”, te salva. Ese que pende de ti como un brazo, como los ojos, como los pies. Un “localizador” es un nuevo órgano. No es el apéndice que está pero no hace nada. Dicen que era una vejiga natatoria cuando los hombres vivíamos en el mar, y que al salir a la vida terrestre perdió su uso. Pero este localizador, apéndice, nuevo órgano, lo inventaron los hombres. Ha ido adquiriendo propiedades extraordinarias, no solo para comunicar, sino que ha expandido el uso del cerebro. Todo lo resuelve, es casi un artefacto milagroso. Como si fuese la espada que un dios le ofrece al héroe para enfrentar los demonios. Este nuevo órgano no solo te salva, sino que mientras más inteligente es, tú pierdes tu inteligencia y lo dejas hacer: te concierta citas, elimina a los amigos peligrosos, regresa a los amigos perdidos por el tiempo, te ilustra nuevas maneras de diseñar tu físico, tu casa. Te informa lo que acontece en el mundo. Ah, y los juegos… Te entretiene. Mientras más grande e inteligente es tu espada de dios eres un ser indestructible, o sea, él es tú, indestructible.
Sí, pues hablo de ti, querido amigo celular, móvil. Piel de mi piel, sangre de mi esencia. Oh, amado riñón cibernético. Desde que te tengo me multiplicas las ganas de estar en el súper espacio. Pero, lógicamente, te escribo por varias razones.
Sí, ya deseo no salir de casa. Quiero hacer esas operaciones burocráticas a través de ti. Que me pongas dinero en el banco, que pagues la corriente eléctrica, el agua, el teléfono sordo de la casa. Y lo más importante: que tengamos a través de ti, internet. En un cuarto de mi casa viviríamos felices.
Sé que el deseo se puede materializar, pues tú eres el milagro, pero ahora me he quedado sin dinero y sin saldo, guiándome por las decisiones que me ofreces. Sí, supe que ya los cubanos podíamos desde el cerebro, o sea de ti, tener el añorado internet sin salir de casa. Pero me chuparon todo el dinero y no logré tener internet, ni siquiera plan de voz, plan amigos, plan SMS, ni siquiera navegar por el nauta. Es horrible; ¿será que tus propiedades son escasas para tener internet en Cuba? Por supuesto, que fui a tus médicos, ETECSA. Pero ellos dicen que les apena pero que no tiene solución. Me dicen que compre más saldo de nauta y para el teléfono, o sea que vuelva invertir e intente nuevamente. Yo había comprado 30 de saldo y 20 de nauta, 50 pesos que son 1250 pesos verdaderos. No creo poder esta vez.
Pero mis preguntas son sencillas. Quizás, como ya eres de mí, puedas responder. ¿No me toca internet en este siglo? ¿Cómo me estafaste si yo te amo? ¿Eres de esas personas que solo les interesa el dinero? ¿Por qué me niegas tu servicio? ¿Será que ya eres viejo? Te ido remplazando a nuevas generaciones telefónicas, soy 3D. He cumplido con todas las normas, tengo todas las aplicaciones. Soy el celular más moderno que ha entrado a Cuba. Comprado a ETECSA, a quien compro regularmente las tarjetas para cargar y recargar tus usos. Y confío, y me preparé para dar el salto, pues quiero vivir en ti, en el proyecto internet, en las soluciones que me ofrece ETECSA.
Pues querido amigo, no podremos tener el sueño dorado, ni siquiera podremos cambiarte por otro más sofisticado, quizás en el futuro un 4D, pues la inversión no sé a dónde fue, ¿quién nos robó el internet? Será que ahora aparecerá un nuevo órgano apéndice que nos libere de la tierra y flotemos sobre el mar. Para otro siglo será. Si tienes respuesta nos salvamos, sino, esta es la despedida.

Tierra. 32x16

“¡Irma, llamada de Miami…!” Era Aidita, nuestra vecina, avisándole a mami que mi tío estaba al teléfono. En la familia todos temíamos que un día ella terminara con un hueso roto: salía disparada y en segundos cubría los pocos metros que separaban ambas casas. A veces, cuando llegaba, ya la comunicación se había caído. Y ahí se quedaba un rato, y yo con ella, esperando aquel timbrazo que me causaba salto en el estómago. Hubo una época peor: en el centro telefónico del pueblo, donde íbamos y nos estábamos horas intentando comunicar. Luego tuvimos teléfono en casa, de disco sonoro —63674 primero, 63416 después, pues no los olvido—, desde el cual llamábamos a la Operadora Internacional. Mercedes, una operadora del pueblo, nuestro ángel de la guarda si de comunicaciones se trataba, insistía e insistía hasta que al fin lograba dar con la dichosa operadora, que a veces yo imaginaba en la luna. Era como si hubiera que contactar con un ser de otra galaxia para una simple llamada a Miami. A Miami, a Madrid, a Buenos Aires…
Hoy sigo más o menos en las mismas. Con mis amigos no, con ellos me comunico más fácilmente. Mi internet es de palo, me digo molesta cuando quiero “bajar” algún libro; otras veces la comparo con las laticas de leche condensada ya vacías que en nuestros juegos uníamos con un hilito para simular un teléfono… Con la conexión por datos estoy en suspenso y wifi es una palabra que me parece poco seria. Sin embargo, queriendo siempre ver el vaso medio lleno, me digo que tengo algún acceso. Mis tíos, ya octogenarios, siguen aferrados a los viejos hábitos, o sea, al teléfono. Es como si mi vida siguiera marcada por esa lógica, ahora sin los gritos de Aidita, sin la paciencia de Mercedes —quien es mi amiga en Facebook—, sin la sonrisa de mami, pero con el salto en el estómago, el punzante saltico de aquellos lejanos tiempos.

Origen. 16X32

Asistí el pasado sábado a una tertulia literaria en Miami en la que leí un fragmento de mi libro más reciente. En uno de sus pasajes aludo a la terrible realidad de los niños deportados, yo los nombré “niños yunteros con sus sueños rotos”.
Cuál no sería mi alborozo al escuchar que estaba nominado al Premio de Poesía un libro en el que, desde Fray Luis de León y Cervantes hasta Lorca, se juntaban en el camino hacia el Levante nueve grandes escritores españoles para visitar la tumba de Miguel Hernández y rendirle homenaje.
En mi memoria vibraban aquellos versos en la voz de mi querido amigo José Emilio: “La casa era un ataúd con ventanas”. Entonces me acerqué alborozada a la autora del libro nominado. La felicité y le hablé de mi expectación por comprar su libro.
La autora se mostró feliz. Le conté de Miguel Hernández. De “mi” Miguel Hernández. Le hablé de las “Nanas de la cebolla”, de aquella otra metáfora genial del amor y la naranja…
Entonces me preguntó si soy cubana y si soy comunista. Me advirtió que ella habla de Miguel Hernández “despojado” de su poesía social; no del “comunista”.
¿…?
Entonces me escabullí entre los invitados. Lo peor fue cuando me atajó y me regaló su libro.
Yo sentí mis manos tan vacías. Me sentí tan ajena, tan liberada de cualquier gratitud, tan huérfana de toda poesía.
Y si tampoco tendré las veladas literarias, ¿qué será de mí?
De regreso a mi casa, sonó mi teléfono. En la pantalla surgió en todo el esplendor de su amor fraternal mi Hada Madrina (mi hermana adorada):
—¡Albricias! ¡Llegó internet al Reparto Simoni y quiero que tú seas la primera en saber cuánto te extrañamos y cuánto te queremos!
Otra vez suena el teléfono: mi amiga María Antonia —desde el reparto La Vigía— me invita a escribir para el editorial de La Liga.
Una vez más suena mi teléfono. Entró otro mensaje. Desde El Cerro, en La Habana, mi amigo Yoan Pico me envía el prólogo para mi libro. Lo tituló “El abrazo más tierno”.
Una vez más evoqué las “Nanas de la cebolla”. Las tantas veces que he llorado con cebollas…pero sin nanas.
Recibí tres mensajes desde Cuba. Tres mensajes que me pusieron a salvo. El abrazo más tierno en tres mensajes.
Tres razones poderosas me conminan a cantar estas Nanas: primero; necesito que mi familia y mis amigos me arrullen —no solo para dormir, sino para vivir—. Segundo: no me siento prohibida. Tercero: es lo único que tenemos.
Entonces, hoy yo quiero cantar LAS NANAS DE ETECSA.