Sello de Calidad

¡Oh Camagüey!

Iglesias de Camagüey Manifestación: Patrimonio 

Santa María del Puerto del Príncipe, un misterio en la vida de las gentes hasta el siglo XIX, se revela como documento histórico cultural de sus moradores durante más de cinco siglos.

Como el añejo vino que deja un halo inexplicable al paladar, al olfato y a la vista, se presenta a quienes la visitan como un interesante laberinto, en el cual muchos caen sin saber cómo y, una vez en él, no pueden encontrar, desde lo racional, la explicación de su extravío. Distanciado y tras un largo silencio, el visitante sólo emitirá un suspiro: ¡este es El Camagüey!

Camagüey, la novia que entrada en años no se abandonó tras fugaces romances, maquilló sus encantos lentamente en el decursar del tiempo, con los estilos de moda en pos de presentarse al amigo con orgullo esnobista; así, la vetusta Santa María del Puerto del Príncipe dialogó con la contemporaneidad, se dejó seducir y enriqueció su imagen sin dejar de salvaguardar para sí sus añejos rasgos. Desde entonces, conquistarla es un reto para el enamorado que, al intentar descubrirla, logra acercarse; pero dominarla, difícil.

Para entenderla, y no perderse en su laberinto, usted tendrá que camagüeyanizarse, consejo de El Lugareño, uno de sus ilustres hijos.

El nacimiento

Fundada por españoles en la costa norte de la Isla, Santa María del Puerto del Príncipe fue símbolo del poder del Rey y de Dios, dos dignidades bajo las cuales se hacían por entonces las ciudades. Este fue el punto de partida para que los primeros habitantes: los Porcayo de Figueroa, de la Cerda, Sotomayor, de Ovando, del Toro, de Consuegra, de Orellana, Sánchez, Becerra, Díaz y Olon, y los actuales, celebren su fiesta cada 2 de febrero, día de Nuestra Señora de la Candelaria, patrona de la villa.

Pero pronto por la imposibilidad de convivir con la aridez del sitio, los conquistadores se trasladaron a las márgenes del río Caonao en 1516 y, tras gran sublevación aborigen, se asentaron definitivamente entre los ríos Tínima y Hatibonico en 1528.

Se adueñaron de una extensa llanura que se correspondía con un importante cacicazgo de la región, llamado Camagüey; plantaron su cruz en nombre de Dios y también su cabildo en lugar de la ley. Quedó así, equidistante del mar, la villa que por mucho tiempo siguieron nombrando Santa María del Puerto del Príncipe: Santa, a una ciudad tan pecadora; Puerto, a la que distaba por lo menos 14 leguas del mar; y Príncipe a la que solo tenía de real la realidad de sus males… ¿No era como llamar al pelado, pelón y al pájaro sin rabo, rabón?

Durante los siglos XVI y XVII, los habitantes hicieron una precaria arquitectura que definió una trama urbana repleta de pequeñas escenas y sonoridades al centrar su atención sobre los detalles inmediatos; una ciudad personal dentro del Caribe hispano. Fue en este medio que se reveló el hombre del Príncipe: amable, sensible y generoso; arrogante y resuelto; religioso, conocedor del mundo; amante de una manera propia de hacer, actuar y pensar el entorno.

Bajo un estilo personal geometrizaron el núcleo bajo un juego de signos míticos y racionales, que dista del aburrido orden de calles y casas enfiladas para abogar por las visuales cortas y sorpresivas; formas y volúmenes pequeños que sirvieron espacios de encuentros y desencuentros para sedimentar, con los siglos, una sólida identidad urbana.

La ciudad letrada, la trazada a regla y cordel, la significada, quedó reducida a un lote vacío en función de Plaza de Armas o de la Iglesia Mayor y a las afueras, curiosamente formando un imperceptible ángulo de 90 grados con el centro, los conventos de San Francisco de Asís y Nuestra Señora de la Merced junto a algún que otro tramo de calle recta. El laberíntico entramado de calles, fruto de obediencias y desobediencias de leyes y ordenanzas, se intentó reforzar como sistema defensivo contra piratas y filibusteros en una ciudad de aires medievales que, por murallas y foso, tuvo dos ríos.

Para mejor comunicación con las villas cercanas, antesalas de sus capitales: Santiago de Cuba y San Cristóbal de La Habana, edificaron sólidos puentes de madera, y en dirección los vecinos edificaron sus moradas, marcando el crecimiento de la ciudad hacia el Este y el Oeste. Siguiendo al indio y a la naturaleza, escogieron la parte más alta; y guiados por el cauce de los arroyos, en busca del río durante la lluvia, ubicaron colgadizos y chozas, utilizando guano, yagua, tabla y tejamaní. Un paisaje arquitectónico extinguido bajo los incendios de 1616 y 1668, que dejó como huella el trazado.

En lugar de rectificar la traza original, la afianzaron con materiales locales, pero de mayor solidez y perdurabilidad. Lejos del canto, de la piedra de cantería y de la armada portuaria, hicieron del barro el material constructivo más noble del territorio; y, de espalda al espacio público, con marcada visión introspectiva, reedificaron sus viviendas a escala humana, con un pequeño puntal en la fachada y apenas a la altura de un hombre en el colgadizo que conducía al patio.

En intrarríos el principeño amasó fortuna a partir de un comercio ilegal de carnes saladas, cueros y otras producciones agrarias ganaderas, y se enriqueció con obras de diferentes latitudes: el multiétnico Caribe o la "pura" metrópoli. Se nutrió de ellas y comprendió que, ante el excesivo control, sólo existía una estrategia: acatar, pero no cumplir.

La ciudad de las iglesias

Con una fe de arraigo tradicional, y distante de puertos como ventanas directas al mundo, los habitantes de Puerto Príncipe hallaron en la religiosidad la base para un orden social. Costumbres, modos, hábitos, educación, sanidad y organización social descansaron sobre el catolicismo, modo de pensar que, durante el siglo XVIII, definió el perfil urbano para otorgarle el sobrenombre de La Ciudad de las Iglesias.

Los principales patricios solicitaron autorización al Rey para fundar ermitas, iglesias y conventos, sobre los cuales establecieron mayorazgos, dando muestras de un sentido de pertenencia al terruño. Las familias Betancourt, Hidalgo, Recio, Miranda, Varona y otras fijaron su hidalguía en construcciones realizadas con técnicas y materiales locales, un sistema de hitos arquitectónicos que valida hoy la memoria de la cultura principeña.

Los templos Parroquial Mayor, San Juan de Dios, San Francisco de Asís, Nuestra Señora de la Soledad y Nuestra Señora de la Merced, entre los cuales se organizó la villa, definieron un recorrido cultural que los patricios camagüeyanos jerarquizaron con amplias plazas en sus frentes.

En las afueras se dibujaron las iglesias de Nuestra Señora de Santa Ana, Santo Cristo del Buen Viaje, Nuestra Señora de la Caridad y Nuestra Señora de la Candelaria. La belleza urbana se tradujo entonces en un intento de aproximarla a la ideal ciudad cuadriculada, mas Puerto Príncipe era ya un error consumado.

La feligresía dibujó los barrios y la identidad urbana se fortaleció con sutiles diferencias entre ellos. Las plazuelas personalizaron a los moradores que vivían en sus cercanías; y un conjunto de asociaciones económicas, morales, espirituales o de carácter les marcaron: costumbres de negros, de blancos e indios rivalizaron para, en un todo aparentemente homogéneo, dejar un rico arco iris de maneras de ver el mundo.

A la prestancia de la arquitectura religiosa, se integraron las moradas de las principales familias, casonas vinculadas a las plazas que elevaron su puntal para atemperar el cálido clima de la región; y, en algunos casos, las edificaron de dos plantas. La ciudad mostró la casona del hacendado al lado de la del comerciante de menor poder económico; el elegante alero de tornapunta alternó con el modesto sardinel, el sobradillo y el antaño tejaroz de herencia andaluza. La suave comarca de pastores y sombreros matizó sus encantos urbanos sin borrar su pasado.

A ultrapuente por el Este, guiados por el santuario a la Virgen de la Caridad, surgieron casas de gentes pobres hasta que los hacendados descubrieron lo útil y agradable que sería tener allí sus casas de recreo. Finalizando el siglo XVIII, cuando estos últimos se hallaban agotados de las excursiones entre las Iglesias de Santa Ana y el Santo Cristo del Buen Viaje por la calle que llamaban del Paseo (hoy Bembeta), el barrio de La Caridad se distinguía ya por su hermosura y aires modernos.

La ciudad ilustrada

En la vieja ciudad, fruto del intercambio entre dominicanos que arribaron con la Real Audiencia (1800), los espacios dialogaron con extrarríos y las casas fueron dotadas de un amplio portal a costa de la plaza de su frente. Pero mayor impacto causó el conjunto arquitectónico monumental surgido en la barriada del Carmen: el elegante y armónico templo de Nuestra Señora del Carmen y el Monasterio de las Monjas Ursulinas. El entorno del Pozo de Gracia devino mirador de uno de los escenarios más hermosos del siglo XIX.

La obra ya era un hecho. De modo que apareció la primera Guía de forasteros para orientar al visitante en las normas y tradiciones de un pueblo grande, civilizado y fastuoso que, orgulloso de su pasado, acompañó el almanaque con una descripción compendiosa de la ciudad.

Sin embargo, nunca se encerraron del todo. Donde les fue posible, regularon la morfología del nuevo crecimiento urbano. La prolongación de la calle La Reina, se diseñó recta; y todas las que la rodearon mostraron similitud para murmurar una estética militar que se afianzó con la construcción de monumentales edificios. Los cuarteles de Caballería e Infantería se establecieron al límite norte de la ciudad en signo de ciudad protegida. Puerto Príncipe no poseía un sistema de fortificaciones, pero sí un Batallón de León.

Para entonces, Puerto Príncipe abrió sus puertas a nuevos inmigrantes. Canarios y catalanes introdujeron concepciones que, con el tiempo, transformarían la ciudad ganadera en comercial; las técnicas constructivas, los modelos de referencia y las necesidades propias de los establecimientos enriquecieron la vieja villa y definieron su primera calle comercial, al punto de desplazar de ella el nombre oficial, San Pablo, por Calle del Comercio.

Los coches, volantas, quitrines, carretas y carretones, se agolparon en las tortuosas calles y acentuaron la necesidad de recurrir a las afueras para solaz recreo. Surgieron así espacios como La Alameda de La Caridad, El Casino Campestre, la Plaza de Marte, la Calzada O’Donnell y el Paseo del Ferrocarril.

La Compañía del Comercio, la del Ferrocarril y los hacendados se interesaron por estos puntos de la ciudad, pero no abandonaron el antiguo centro, que, bajo la Ilustración, se habilitó de una Plaza de Recreo, algunos teatros e importantes asociaciones de instrucción y recreo. Las fiestas a Nuestra Señora de los Desamparados, la del Glorioso San Francisco de Borja, la procesión del Santo Sepulcro, los festejos del San Juan y San Pedro, entre otras, continuaron animando el añejo centro urbano, cuyas fachadas, de sus viejas casonas, se pusieron a tono con la modernidad bajo la moda del neoclásico.

Un nuevo toque de opulencia trajeron las guerras de independencia por el desmoronamiento de la opulencia ganadera. Las sabanas fueron escenarios de combates entre mambises y españoles y, en consecuencia, la riqueza urbana -buena parte de ella perteneciente a los 231 propietarios confiscados por su rebelde actitud ante España- se sumergió en un intensivo manejo por parte de la administración española.

Los vínculos con Estados Unidos trajeron nuevas concepciones urbanas; y el alumbrado, y el transporte (guaguas y tranvías "de sangre" de la Caridad al Paradero), unidos a nuevas técnicas y materiales constructivos, volvieron la mirada futurista a la modernidad.

La ciudad de los tinajones

El adoquinado y la instalación del ferrocarril urbano demostraron las ventajas de las calles amplias en contrapunteo con las tortuosas y estrechas. A cada dificultad se le dio loable solución, permitiendo la permanencia de la vida administrativa, religiosa, política y cultural.

La Estación Central del Ferrocarril creó un nodo importante para la periferia y centro urbano, generando una importante red de establecimientos que, como infraestructura, no solo se subordinaba a los viajeros, sino también a los habitantes. En sus áreas aledañas se configuró una zona hotelera que acogía en sus bajos las más diversas ofertas al público en general. Los hoteles New York, Europa, Plaza y Camagüey -antiguo Cuartel de Caballería- acentuaron la red comercial de la antigua calle Reina, ahora bautizada como de La República, con el lenguaje ecléctico, en dirección a la desnuda Iglesia de la Soledad, coronada con un pretil de balaustres.

Proliferaron los lumínicos centelleantes que anunciaban los productos mas sofisticados. Puerto Príncipe, el pueblo de aspecto más antiguo y singular de la Isla hasta la llegada del siglo XIX, renunciaba, a diferencia de la hermana Trinidad, a quedar dormido en el centro de la isla. El barrio de La Vigía, ahora de manzanas octogonales, marcada por las calles rectas y los pretiles continuos, se distinguió en La Avenida de los Mártires que, a diferencia de la de La Caridad, mantuvo su carácter residencial.

La descongestionada calle posibilitó la extensión del tranvía hasta la Plaza de Méndez en 1920, completando un amplio recorrido hasta la Plaza de La Caridad. De modo que la ciudad quedó compactada en un viejo centro sostenido por dos largos brazos.

La república neocolonial trajo consigo la resignificación de todos los espacios urbanos de la ciudad. Al cambio de nombre de Puerto Príncipe por Camagüey, se sumó el renombrar de sus calles y plazas para honrar a los héroes y mártires de la Guerra de la Independencia y se desencadenó un horror al vacío, que se materializó en un cambio de imagen en las plazas coloniales de la ciudad. Los árboles, bancos, fuentes y otros mobiliarios suplantaron los sorpresivos y amplios espacios de la tortuosa ciudad para marcar la vida pública del hombre moderno, distante del introspectivo carácter de los pasados moradores.

El tinajón se escapo del patio para lucirse públicamente, sin esperar que con ello se le otorgaría a la ciudad un importante sello: el de la ciudad de los tinajones.

Camagüey es un grueso libro, cuyas páginas guardan los inicios, la evolución y el presente, no solo del espacio físico en sí, sino de la actitud de quienes, durante siglos, han morado en ella. En su paisaje urbano se encuentra el documento histórico cultural más rico de sus gentes, en tanto es el más plural y polifónico de cuantos se atesoran.

Autor: Marcos A. Tamames Henderson, Tomado de www.ohcamaguey.co.cu