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Otoño, una mirada cómplice

Obra Otoño, Teatro del Viento

Acompañar a un colectivo teatral, desde la posición del crítico, supone estar dentro y fuera a la vez. Esa dualidad del asesor teatral permite mirar el teatro de cerca e intercambiar los roles de crítico, asesor, espectador. Teatro del Viento y su director Freddys Núñez Estenoz me han dado la oportunidad de vivir el teatro de cerca, de estar dentro y fuera. Desde esa difícil pero útil profesión del asesor teatral, me aventuro a hablar de Otoño, el más reciente estreno de la compañía.

Muchos, aún sin haber visto el espectáculo, se asombran ante la selección espacio-temporal de la obra: es otoño, en la actualidad, Viena, en la estación del metro, cerca del teatro donde comienza la temporada de ópera. Lo interesante de esta selección es que parte de la experiencia personal del director, de su estancia en ese país que a muchos nos parece extraño y lejano. Esta obra comenzó a escribirse, justo en la estación del metro, donde se ubica la acción. La dimensión espacio-temporal responde pues a una necesidad personal, a la aventura creativa de contraponer contextos y ponerlos a dialogar a través de la escena. 

El título de la obra se acompaña con la aclaración: (un melodrama). El director nos adelanta el género de su obra y con este subtítulo comienza una operación de juego con el espectador a partir de los códigos del melodrama y la cultura cinematográfica. Otoño nos relata los acontecimientos de un día en la vida de gente que el autor se empeña en enlazar. Son personajes que se cruzan diariamente de alguna u otra forma en el trayecto de sus vidas. 

En la escena se distingue un banco, hecho a imagen y semejanza del que sirvió de respaldo al dramaturgo durante la escritura de la obra. El banco es el elemento visual que identifica al espectáculo, como símbolo de espera, de inmovilidad, de la mezcla de lo íntimo y lo privado. Esas claves dramáticas son trabajadas por el director en Otoño y llevadas al plano objetual, sonoro y a la caracterización de los personajes. 

En la estación del metro surge un romance entre Astrid y Helmut, mientras en el camerino del teatro una cantante de ópera debe salir a dar su última función, su asistente, intenta cumplir con sus ocupaciones mientras observa la destrucción de la cantante. Vorjan es el personaje que enlaza a los demás y los conecta con la vida de la calle. Él es un inmigrante que vive de la basura arrojada por los ricos vieneses y su sueño es ser cantante de ópera. Estos personajes se entrelazan a partir de los sucesos de un día, un día aparentemente normal que cambiará sus vidas. 

La primera escena en la que Astrid y Helmut conversan y planean una cita, marca las coordenadas de todo el espectáculo. El melodrama como género y el acento en la caracterización de personajes, son dos ejes que estructuran la puesta. El director juega con diversos referentes como la ópera, la literatura romántica y, por momentos, con la iconografía de los dibujos animados, reinterpretada por el cuerpo de los actores. Vladimir del Risco y Marian Royan interpretan a los enamorados. Ambos actores logran un química especial que los vuelve cómplices en la escena. En sus personajes está la marca del entrenamiento, pero a la vez está la espontaneidad que hace al espectador permanecer en el asombro. 

Sustentan su trabajo actoral en las transiciones y la emotividad que se desprende de sus cadenas de acciones pensadas desde el arquetipo de los amantes. Ellos son divertidos y cambiantes, el público asiste a un delicioso comienzo de amor.  

La Cantante de ópera y su asistente conforman el otro núcleo de la historia. Nora Rodríguez y Sissi Delgado quien alterna con Lía Guerrero en la cantante tienen el reto más difícil del espectáculo que consiste en sostener la escena desde sus voces y la relación compleja entre estas dos mujeres. Esta zona del espectáculo propone un cambio en la perspectiva y sin abandonar los tintes del melodrama refleja el lado oscuro de la adicción y la sumisión. Ambos personajes consiguen zafarse de sus ataduras. La muerte y el regreso son las vías que utiliza el autor para solucionar sus conflictos. 

Quizás el personaje más atractivo de la puesta sea Vorjan, interpretado por Josvani González. El actor construye a este Rey de la calle, con el garbo y la elegancia de la ópera, mezclados con la cadencia particular de un vagabundo. El fundador de Teatro del Viento demuestra madurez creativa y dominio de los entresijos de la escena como artificio y verdad. Uno de los momentos más disfrutables de la puesta es la interpretación de Josvani y Nora Rodríguez de un área de la ópera La Traviata. Ellos cantan y conmueven al público que aplaude emocionado por la calidad de las voces y por la armonía que consiguen los actores quienes no abandonan a sus personajes, sino que son ellos quienes cantan: la tímida asistente y el hombre de la calle. Sin perder sus gestos característicos ni la tos que acompaña a Vorjan, ni la postura retraída de la asistente, los actores son capaces de alzar sus voces en tiempo de ópera. 

La música del espectáculo sugiere el tono que conduce a las historias, pensada también como un código del melodrama. El director logra la coherencia en el estilo actoral y en los elementos que componen su puesta. Acompañan a los actores un elegante sentido del humor, la limpieza de los movimientos y la complicidad con el espectador marcada a partir del empleo de apartes sobre todo en las escenas de los amantes. 

Otoño es una obra con final feliz, que me recuerda a parte de la cinematografía romántica. Con solo unas pocas funciones la puesta en escena muestra el rigor del proceso de montaje y el compromiso de los actores con la escena y el público. Comienza ahora para Freddys Núñez Estenoz un proceso largo y dinámico en el que los encuentros con el espectador demandarán cambios, ajustes y nuevas perspectivas para los actores y sus personajes. 

A los que se muestran incrédulos ante una obra que ubica su acción en Viena, los invito a descubrir las historias que viven sumergidas en ese contexto. Los invito al riesgo maravilloso de mirar de cerca esta puesta en escena que no tiene mayores pretensiones que jugar a ser un puente entre dos contextos lejanos, entre lo íntimo y lo privado, entre el actor y el espectador. El otoño como cada estación del año se repetirá, volverá a tumbar las hojas y a resaltar la melancolía, así mismo se repiten las historias, los sueños, los anhelos, no importa el lugar donde estemos sentados.        

Autor: Isabel Cristina Hamze

Fuente: Teatro del Viento

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