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Legar la condición humana

Foto: Leandro Pérez Pérez

No le pregunté si le han hecho un retrato, pero me atrevo a pintarle uno, con los pinceles y los colores de periodista. Pronunciar su nombre completo requiere hablar bien y saber degustar la palabra, porque lo aprendió en el hogar y así lo imbuye su rostro de persona honesta y cordial.

Paula Isabel García Rosales o, sencillamente, Isabelita, se ha dado a la cultura con laboriosidad. Empezó de museóloga en el Museo Estudiantil Jesús Suárez Gayol mas se le asocia a la plástica. No por gusto en la República Bolivariana de Venezuela asesoró en cuanto al diseño y a la función social de las galerías de arte. Cuando conversamos noté en ella la sed infinita por el conocimiento.

— En el 2014 recibiste la Medalla Raúl Gómez García y ahora te llega el Espejo de Paciencia. ¿Cuál consideras el mayor premio como trabajadora de Cultura?

—En el sector de la Cultura en Camagüey llevo más de 30 años. Trabajé en galerías de la ciudad, sobre todo en la Alejo Carpentier, que son promocionales, en cambio, la Amalia del Fondo exige también en el terreno de la comercialización, algo complejo teniendo cuenta el potencial de artistas de la plástica y que el mercado no está a su altura. Roberto Estrada dice que en el Fondo ha encontrado más amigos que dinero. Eso habla bien de la dignidad humana, frente a quienes hacen concesiones con la obra.

“Puede llamársele magia, coincidencia, casualidad. En el Fondo llevo 16 años. El trabajo es tan intenso que requiere vocación. Aquí hay sentido de pertenencia. Cuando nos azotó el huracán Ike, que pasaba en la tarde-noche, al mediodía estábamos salvaguardando obras. El sindicato sin ser perfecto procura ayudar en lo humano y lo material, cuando alguien está enfermo. Llegan diplomas para los donantes de sangre, y para los destacados en otras esferas. Más que sea algo bello, es necesario para un lugar como este. Con trabajadores así no puedo hacer menos”.

—Quedémonos en el tema candente del mercado, ¿cómo asumes el rol de gestora para las artes visuales y aplicadas?

—Un rol importante desde la política cultural. La comercialización va saliendo sobre todo con las entidades estatales. Los artistas de la vanguardia, sean miembros o no de la Uneac y de la AHS, se alzan por los valores estéticos de sus obras destinadas a esos espacios, pero viene la controversia de su precio económico alto. Sufrimos cuando no están las obras que soñamos para el turismo y el centro asistencial. Tenemos artistas con galerías-talleres que comercializan a través de nosotros, pero resulta insuficiente. En la medida que la ciudad crezca como destino turístico, crecerá la comercialización tanto como los derroteros del Fondo en cuanto a exportaciones e inserción en ferias.

—¿Cuánto presionan los cientos de artistas y artesanos del Registro del Creador?

—Alguien dijo una vez que ser camagüeyano y artista es una actitud ante la vida. Aun cuando no soy artista también lo asumo porque Camagüey nos identifica. Estamos en desventaja para atender a los más de 300 del registro somos dos, porque cuento con otro especialista, Jorge Luis Pulido Álvarez, un joven artista de la plástica. ¿Cómo podemos? Escuchándolos, pretendiendo primero comprender y después criticar, y respetándolos siempre. El galerista debe sostener el diálogo con argumentos desde el arte, desde la literatura, incluso desde lo legal, por los procesos contractuales del Fondo, sustentados en el sistema legislativo del país aunque sea perfectible.

“Es triste que un artista no pueda realizar su obra por carencia de materiales, pero en Cuba existen materiales que, si bien no sustituyen los importados, funcionan de paliativos. Hay mucho terreno por ganar en ese sentido. Como se ha dicho, no podemos tener miedo a ser amigos de los artistas. También agradezco a los miembros de las comisiones técnico-artísticas, un equipo multidisciplinario que integran Osvaldo Rodríguez Petit, Joel Besmar, Roberto Estrada, la museóloga Agnerys Fernández, Noel Cordero Velázquez”.

—Dirigiste las galerías Alejo Carpentier y Salvador Cisneros Betancourt, localizada en la sede Gobierno Municipal de Camagüey. Acabas de celebrar los quince a la galería Amalia, ¿qué más aspiras con ella?

—La galería Amalia tiene antecedentes. El Fondo comercializó donde mismo está ella, cuando se le llamaba La Casona. Después, Ileana Sánchez y Joel Jover, ella en el rol de directora del Fondo y él como especialista, fundaron La Oveja Negra, enclavada en una sala de la galería Alejo Carpentier, pero dejó de existir. Hace ya 15 años, cuando nos dirigía Irma Horta, se fundó la “Amalia”. Le llamamos galería aunque sabemos que es un espacio expositivo, marcado desde el inicio por la pluralidad de artistas, de generaciones, de estilos, de tendencias, porque diverso son el arte camagüeyano y los gustos. Procuramos salvar la calidad estética.

—Se dice Isabelita y se piensa en el Fondo, pero eres mucho más. Perteneces al Consejo Asesor para la Escultura Monumentaria y Ambiental en Camagüey (CODEMA) Cuéntame de tu alma de lectora y de otras claves de crecimiento

—La lectura llegó a mí a través de mi abuelo materno. Cuando me llevaban estomatólogo, si me portaba bien el premio era ir a la librería. Fui de los niños que vio las películas de Chaplin en el cine Avellaneda, que ahora es un teatro. Las mañanas de domingo más felices transcurrían en el Casino Campestre, a la vista de abuelo leyendo la Bohemia y el Granma Semanal. Por la lectura conocí a Martí y me he afianzado a artistas plásticos, entre ellos, Joel Jover.

“Mi otra formación comenzó por un instituto de museología en la ciudad de La Habana. Recibí clases Corina Matamoros, una de las curadoras más importantes en bellas artes. En la Universidad de Camagüey, en Estudios Socioculturales, tuve profesores maravillosos. Asimismo, me ha nutrido participar desde el trabajo en la vida cultural, como escuchar a nuestro Desiderio Navarro, a la doctora Yolanda Wood, María de los Ángeles Pereira, Luis Álvarez, Olga García Yero, Teresa Bustillo… y a quienes entregan sus conocimientos con sinceridad y logran que ames lo que haces. Extraño los ciclos de conferencias de los ‘80”.

—¿Qué te duele del Camagüey actual?

—La ciudad va levantándose desde sus inmuebles, pero pienso como el doctor Luis Álvarez cuando en una reunión de la Uneac dijo que los inmuebles solos no resolverán los problemas. No soy optimista a ultranza, pero hay cuestiones vitales que deben ser retomadas. La biblioteca provincial tenía un círculo de amigos de la música, y se nos enseñaba a apreciar; el Centro del Libro tenía el suyo. Somos cinéfilos gracias a Luciano Castillo.

“Tiempo atrás, en una reunión nacional le escuché a Lesbia Vent Dumois que estamos trabajando, pero no estamos fundando. Podemos hacer muchas actividades, pero si no vamos a la parte de formación… La dinámica actual nos hace ir muy de prisa, pero de vez en cuando hay que detenerse en nuestro sedimento y ver cómo nuestros artistas jóvenes fortalecen su espiritualidad y su acervo, para que no los devore la economía.

“También me siento muy cercana a la AHS desde la presidencia de Reynaldo Pérez Labrada. Cuando yo dirigí la Alejo Carpentier era una de las personas que literalmente me extendía la mano, porque la galería trabajaba con el arte joven, no solo desde la edad sino desde las propuestas estéticas”.

—¿A qué atribuyes tu familiaridad?

—Fui criada por mis abuelos maternos. La familiaridad me viene de ellos, de esa manera diáfana del campesino cubano. Ambos fallecieron. Eran de Oriente, ella de Manzanillo, muy cercana a la familia de Celia Sánchez; y él de Minas de Bueycito, un lugar del que no se habla. Mi abuelo aprendió a leer de una manera increíble, con los libros de Julio Verne. Su papá lo colocó en una tienda de mensajero a cambio de que el dueño lo enseñara a leer y a escribir. Recuerdo su preocupación por suplir las carencias, pero llenarlas también con un inmenso amor y con una ética a toda prueba.

“Mi abuelo nos ponía a mi prima y a mí a hacer competencias a ver quién se sabía más capitales del mundo. Con los vecinos jugábamos a Escriba y lea y a ¿Qué traigo aquí? De una casa a la otra nos pasábamos el Caimán Barbudo, Cine cubano, Revolución y cultura, la revista del ballet. En el reparto La Zambrana, en un área cercana a donde está hoy Televisión Camagüey, me quedan amiguitos de infancia, unos músicos o profesionales de otras esferas, trabajadores por cuenta propia, otros ya no están en la provincia ni en el país”.

—Eres un fruto noble de esa herencia. ¿Qué quisieras legar tú?

—Me siento feliz y no exagero por los artistas jóvenes que han ido a verme operada y me han regalado lo mismo un mango que una obra de arte. Ese cariño sincero se da sin pedirse. Artistas que ya no viven en el país, cuando vienen me buscan. Quiere decir que trascendió más allá del trabajo la condición humana que para mí como martiana es ley. Entonces estoy legando trabajo, constancia y sinceridad. Todo eso forma parte de mi ADN.

Autor: Yanetsy León González

Fuente: Adelante Digital

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